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Significado de la perfección de Jesús para el reposo prometido en Hebreos

El reposo prometido en Hebreos y su relación con la tierra prometida

Cuarta conferencia:

Significado de la perfección de Jesús para el reposo prometido en Hebreos

Dana M. Harris, Ph.D.

Obtuvo su doctorado en Nuevo Testamento del Trinity Evangelical Divinity School en Illinois, Estados Unidos, donde ahora es profesora, con la disertación “La apropiación del tema de la herencia en el Antiguo Testamento por el autor del libro de Hebreos”. Sus otros intereses académicos incluyen Apocalipsis, idioma griego, lingüística, hermenéutica, literatura del segundo templo y arqueología.

En calidad de profesora extranjera invitada, presentó el seminario “El reposo prometido ayer, hoy y para siempre en la epístola a los Hebreos” en la FUSBC, del 3 al 6 de abril de 2018. Ventana Teológica publica la transcripción de sus conferencias. En este número se publica su cuarta conferencia “Significado de la perfección de Jesús para el reposo prometido en Hebreos”.

Introducción

En la sección anterior, nos enfocamos en el pueblo de Dios. En esta, nos enfocamos en Jesús. Comenzamos con la presentación de apertura sobre Jesús que hace Hebreos 1 y 2. El capítulo 1 de Hebreos muestra a Jesús como el Hijo divino, heredero de todas las cosas, al tiempo que el capítulo 2 de Hebreos presenta a Jesús como el ser humano perfecto que cumple las intenciones de Dios para la humanidad. Con este trasfondo, examinamos el sufrimiento de Jesús y su relación con su sacerdocio. Consideramos el concepto de perfección en Hebreos y la relación entre la perfección de Jesús y el reposo prometido. Finalmente, examinamos cómo Jesús, en su calidad de mediador del nuevo pacto, contribuye a nuestra comprensión de su perfección.

El Hijo divino, heredero de todas las cosas – Hebreos 1

Ya hemos considerado los versículos de apertura de Hebreos 1:1-2 en términos de la clave para entender el libro de Hebreos. Recordamos que el viejo orden se caracteriza por lo que es fragmentario y anticipatorio, mientras que el nuevo orden en estos últimos días, se caracteriza por la revelación de Dios por medio del Hijo.

Siete afirmaciones acerca del Hijo (Hebreos 1:1-4). Luego de esos versículos de apertura sobre la revelación culminante de Dios en el Hijo, el autor de Hebreos presenta siete características acerca del Hijo. Veremos cada una en más detalle, pero aquí presentamos una reseña breve. Los primeros dos pronunciamientos muestran que Jesús es el objetivo de todas las cosas y que él es antes de todas las cosas. Las siguientes tres declaraciones se enfocan en la persona de Jesús y las dos últimas resumen el trabajo de Jesús.

La primera afirmación del versículo 2, “en estos últimos días nos ha hablado por su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas” es una alusión al Salmo 2:8 que abarca muchas de las esperanzas del Antiguo Testamento. Esta cláusula introduce el muy importante tema de la herencia en Hebreos. Este tema bíblico clave viene desde atrás, desde la dación de la tierra por parte de Dios como herencia a Abraham, atraviesa el resto del Antiguo Testamento y se introduce en el Nuevo Testamento como vemos más adelante.

Ahora consideremos la cita del Salmo 2 más a fondo. Salmo 2:8 dice, “Pídeme, y te daré las naciones como herencia, y como posesión los confines de la tierra”. Este salmo se consideró mesiánico desde muy temprano, y se refiere al heredero de David y a su herencia; herencia que deviene de la promesa de la tierra que Dios dio a Abraham. Pero observe que esto trasciende cualquier cosa que Dios hubiese prometido a Abraham. Las fronteras de la tierra prometida a Abraham coinciden en general con el Israel de hoy, aunque la extensión de tierra que poseía el pueblo en el tiempo de David era mayor. Así, cuando este salmo amplía la herencia de la tierra para incluir a las naciones, comenzamos a ver una expansión escatológica en el alcance de la promesa a Abraham. En toda la historia, Israel nunca ha poseído “las naciones”, de donde se ve que este salmo apunta más allá de lo que era aplicable a la nación de Israel a algo mucho mayor. Aquí recordamos que vimos algo similar con relación al reposo prometido—el mismo Antiguo Testamento señala que el reposo prometido se refiere a algo mucho más grande que la simple tierra física de Israel. El salmista en el Salmo 2 muestra que la herencia era algo más grande y trascendental que la tierra física de Israel. Ahora observen cómo el autor de Hebreos expande la herencia de las “naciones” a “todas las cosas” en Hebreos 1:2 (“a quien constituyó heredero de todas las cosas por medio de quien hizo también el universo”), incluyendo todo el universo. Pero después, en Hebreos 2:5, el autor expande esto aún más, ¡de este mundo al mundo venidero! Esto es un desarrollo enorme con relación al Salmo 2.

También es interesante que, por decirlo así, el autor de Hebreos comienza por el final. En términos teológicos, esto es escatología—el estudio de los últimas cosas. El autor quiere que su audiencia conozca cómo es que se dará el final de todas las cosas, para que la audiencia vislumbre hacia donde dirige el Hijo a los hijos e hijas—los cuales son la gloria que se menciona en Hebreos 2:10, refiriéndose al reposo de Hebreos 4 y al destino que es la Sión celestial según Hebreos 12. La breve alusión al Salmo 2:8, “Pídeme, y te daré las naciones como herencia tuya, y como posesión tuya los confines de la tierra” también introduce la importante conexión entre la condición de Hijo y la herencia que encontramos en Hebreos y en otras partes del Nuevo Testamento, como en Romanos 8:17 y Gálatas 4:7. El lenguaje de Dios estableciendo al Hijo como su heredero puede ser confuso al principio, porque podemos pensar correctamente que el Hijo siempre ha sido el heredero. De manera que esta afirmación en Salmo 2:8 es la declaración pública de un hecho que siempre ha sido cierto. El Hijo siempre ha sido el heredero, solo que ahora se revela ese hecho, de la misma manera que cuando dice que él ha sido exaltado a la diestra de Dios. Hablaremos más acerca de esto cuando comentemos la primera cita del Antiguo Testamento que aparece en Hebreos 1:5.

La segunda afirmación sobre el Hijo ocurre al final del versículo 2 y señala que el Hijo hizo el universo. Esto es probablemente una alusión a Proverbios 8:22-30. El autor de Hebreos muestra aquí que el Hijo ha existido siempre y que todo el universo fue creado por medio de él. Esta misma idea se encuentra en otras partes del Nuevo Testamento (Jn 1:3, 10; 1Co 8:6; Col 1:16). De manera que al enfocarse tanto en el final como en el principio, el autor enfatiza que la totalidad de la creación comienza y termina con el Hijo.

La primera parte de Hebreos 1:3 presenta tres verdades acerca de la persona del Hijo, esto es, quién es él verdaderamente. Él es el resplandor de la gloria de Dios. Ello quiere decir que el Hijo es la representación perfecta de la esencia divina; Dios el Hijo refleja la misma gloria que refleja Dios el Padre. La gloria en el Antiguo Testamento se encuentra asociada con la revelación de la misma naturaleza de Dios (Lv 9:23; Nm 14:21-22; Is 40:5; cf. Éx 24:16-17; 40:34-35; 1R 8:11). Ya hemos visto que esta gloria está donde Cristo está y que es el destino al que él dirige a los hijos e hijas en Hebreos 2:10.

Luego se nos dice que él es la fiel imagen de lo que Dios es. La palabra griega usada aquí, χαρακτὴρ (caracter), puede referirse a una impresión o sello que produce una imagen exacta. De manera que el Hijo es la representación perfecta de la esencia divina; él es la misma imagen de Dios. Afirmaciones similares se encuentran en otras partes del Nuevo Testamento (Jn 1:18; cf. 2Co 4:4; Col 1:15; Fil 2:6). Esto también enfatiza la relación estrecha entre el Hijo y el Padre.

La tercera y última verdad acerca de la persona del Hijo que se presenta aquí tiene que ver con que él sostiene el universo por su palabra poderosa. Esto también se registra en Colosenses y, probablemente, alude a Proverbios 8: la palabra de Dios como su mismo agente se afirma en Salmo 33:6, que dice, “por la palabra del Señor, fueron hechos los cielos”, y también en Is 55:11 que indica que la palabra de Dios sale de su boca y cumple con el propósito para el que fue enviada. Estas tres afirmaciones en Hebreos—que Jesús es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel imagen de la esencia divina y quien sostiene el universo—señalan la razón por la que el Hijo es capaz de revelar al Padre completamente.

Estas siete características acerca del Hijo en las palabras de apertura culminan con dos pronunciamientos sobre su obra. El primero es que él ha hecho purificación por los pecados. Ello es una alusión al día de expiación en Levítico 16 y anticipa el enfoque en Jesús como nuestro sumo sacerdote perfecto en Hebreos 5 y 7-10 que consideraremos más adelante. El pronunciamiento final acerca del Hijo es que se ha sentado a la derecha de la Majestad en los lugares celestiales. Esto es una alusión al Salmo 110:1 que dice, “El Señor dijo a mi señor, ‘siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies’”. Este versículo en particular es referenciado en el Nuevo Testamento más que cualquier otro versículo del Antiguo Testamento, lo que muestra cuán claramente los escritores del Nuevo Testamento entendieron que este salmo apunta a, y fue cumplido por, Jesucristo. La referencia a ‘sentarse’ indica que la obra de Jesús como sumo sacerdote se ha cumplido, a diferencia de los sacerdotes levitas que están de pie cuando cumplen sus tareas sacerdotales, como en efecto aparece en Hebreos 10:11-14. La diestra (mano derecha) se entiende siempre como el lugar de honor. Con ello se introduce el énfasis particular de la exaltación de Jesús en Hebreos, lo que a su vez puede explicar por qué la resurrección no se destaca tanto en Hebreos como sí se hace en otras partes del Nuevo Testamento, aunque sí vemos un enfoque similar en Filipenses 2:9-11. La mención de la “Majestad” es claramente una referencia a Dios (lo que es igualmente cierto para la misma expresión en Hebreos 8:1). Esto es comparable al Evangelio de Mateo, que hace una sustitución similar con el reino de los cielos en vez del reino de Dios.

Estos dos últimos pronunciamientos resumen la esencia de la obra de Jesús: la purificación de los pecados, como el sumo sacerdote perfecto, y su exaltación que anticipa la eventual sumisión de todas las cosas a él como se delinea en Hebreos 2. Estas declaraciones de apertura también muestran un claro entendimiento del Hijo como rey y como sacerdote. Si incluimos, además, la afirmación anterior de que el Hijo es la revelación culminante de Dios, entonces Hebreos 1:1-4 presenta a Jesucristo, el Hijo, como el verdadero profeta, sacerdote y rey.

Hebreos 1:4 vuelve a introducir el tema de la herencia en Hebreos y constituye un paréntesis con la referencia a la herencia en Hebreos 1:2. Trataremos este tema en una conferencia más adelante. Por ahora, note la referencia a la expresión “mejor que” en el versículo 4. Esta palabra en griego, κρείττων (kreíton), es distintiva en el libro de Hebreos y se usa repetidamente para mostrar cómo el Hijo es superior a varios aspectos asociados con el orden antiguo antes de Cristo, tales como Moisés o el sacerdocio aarónico o levítico. Es importante notar que estas personas o instituciones no eran malas, de manera que la comparación no es entre algo malo y algo bueno. Más bien estos aspectos del orden antiguo eran incompletos y anticipatorios porque en últimas apuntaban más allá de ellos mismos a Jesucristo. Así, en Hebreos 1, el autor reconoce que los ángeles tienen un papel importante para desarrollar, pero que la obra de Jesús es superior. En Hebreos 3, el autor menciona el papel importante que el siervo Moisés desempeñó en la historia de la salvación; pero Jesús, el Hijo, tiene una obra superior que cumplir. Así, el autor de Hebreos presenta algunos aspectos asociados con el Antiguo Testamento como buenos pero, al mismo tiempo, como provisiones temporales e incompletas que Dios hizo. La intención completa y perfecta de cada una de estas instituciones del Antiguo Testamento pueden ser entendidas únicamente en el Hijo, Jesucristo.

Antes de continuar con las palabras de apertura de Hebreos sobre Jesús, quiero hacer algunos comentarios acerca de los ángeles. Algunos estudiosos sugieren que había un problema con la adoración a los ángeles entre los destinatarios del libro de Hebreos. Pero si en realidad había un problema, era poco probable que el autor hubiera dicho que Jesús llegó a ser un poco menor que los ángeles como en efecto se indica en Hebreos 2. Más aún, en la tradición judía, los ángeles eran asociados con la revelación de Dios y no con la adoración. Algunas tradiciones afirmaban que hubo ángeles presentes cuando Dios dio la ley en el Monte Sinaí. De todas maneras, el punto del autor aquí es destacar que Jesús es el mediador superior entre Dios y la humanidad, de hecho él es el mediador perfecto. Solo él revela a Dios perfectamente. La referencia a los ángeles subraya la naturaleza superior de la obra del Hijo. Él ha completado su obra de purificación por los pecados de los seres humanos, pero no se predica tal función de purificación de los pecados por parte de los ángeles. La referencia a los ángeles también provee una transición a la sección de Hebreos 1:5-14. Pero antes de avanzar a esa sección, resumimos las siete características acerca de Jesús que se presentan en esta sección de apertura de Hebreos porque cada tema que aparece aquí es ampliado en otras partes del sermón. Jesús es a) el heredero de todas las cosas; b) el medio de Dios para crear el universo; c) el resplandor de la gloria de Dios; d) la representación exacta de la esencia de Dios; e) el que sostiene todas las cosas por su palabra; f) el que efectuó la purificación de nuestros pecados; y g) el que se sentó a la diestra de la Majestad. En él se encuentra la síntesis tanto de la creación como de la restauración de todas las cosas. ¡Podríamos parar aquí y gastar el resto del tiempo en adoración!

Siete citas en el Antiguo Testamento acerca del Hijo (Hebreos 1:5-14). Esos pronunciamientos de apertura son seguidos por siete citas claves del Antiguo Testamento, aunque no existe una correlación entre los pronunciamientos y las citas. Comentamos rápidamente estas citas que aparecen en tres pares y una cita final de conclusión. La técnica de juntar una serie de citas confirma la abundancia de evidencia a favor del argumento de la superioridad del Hijo. Esto es también importante porque muestra que el Antiguo Testamento puede ser utilizado como apoyo autoritativo de las atribuciones cristológicas de Jesús. De hecho, el significado verdadero y culminante del Antiguo Testamento solo puede entenderse a la luz de la revelación plena de Dios en el Hijo. Entender cómo la verdad del Hijo de Dios es apoyada completamente por el Antiguo Testamento, nos debe ayudar a ser cautelosos frente a supuestas divergencias muy grandes entre el Antiguo y el Nuevo Testamento y frente a cualquier idea que Dios tenía un plan en el Antiguo Testamento y otro diferente en el Nuevo Testamento. Esto nos recuerda más bien la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento que mencionamos en nuestra primera sesión.

El primer par de citas ocurre en el versículo 5 muestra que el Hijo es superior gracias a su relación única con el Padre. La primera cita es del Salmo 2 que ya hemos comentado. Este es un salmo de realeza, referido originalmente al rey davídico a quien Dios estableció en el Monte Sión. Desde muy temprano, este salmo se entendió como mesiánico y escatológico, es decir, como referido en última instancia a alguien y a un lugar que trascienden la nación física de Israel. En el salmo hay una clara descripción del Hijo en términos que solo pueden entenderse como apuntando al Mesías o como el verdadero ungido. No sorprende pues que se entienda que este salmo se refiere a Jesús.

El versículo 7 del Salmo 2 es particularmente importante. Fue citado en el bautismo de Cristo (Mt 3:17; Mc 1:11; Lc 3:22) que indicó el comienzo, o la inauguración, del ministerio público de Jesús, y en la transfiguración (Mt 17:5; Mc 9:7; Lc 9:35). En Hebreos 1:5, el “hoy” del salmo se refiere al tiempo de la exaltación de Cristo a la diestra del Padre. Ello no quiere decir que Jesús no fuera el Hijo antes de esta declaración de filiación como Hijo, sino que alude a la proclamación cósmica de esa verdad. La siguiente es una analogía que puede ayudar a entender esto. Cuando un país tiene elecciones, el presidente se decide por votación. Pero poco tiempo después de las elecciones, tiene lugar la posesión que es una ceremonia oficial para instalar al presidente en el ejercicio de sus funciones. La ceremonia de posesión no es lo que determina que esa persona sea el presidente—esto se decidió por votación. Más bien, la ceremonia de posesión anuncia y celebra este hecho de forma pública y oficial. Así las cosas, el Hijo es proclamado a todo el universo en esa filiación con Dios como su Padre, cuando el Hijo es exaltado y entronizado en la gloria celestial para siempre.

La segunda cita viene de 2 Samuel 7:14, el cual es un versículo clave en cuanto al reino de Israel. Esto es parte de la profecía de Natán para la casa real de David y usa un lenguaje muy similar al Salmo 2. Ambas citas validan la atribución de Hijo a Jesús, el “Hijo mayor” de David y quien trasciende con creces a cualquier rey davídico y satisface las expectativas del Mesías que viene de la casa real de David.

El segundo par de citas del Antiguo Testamento se encuentran en Hebreos 1:6-7. Estas citas se refieren al ministerio positivo de los ángeles, sin dejar de ser inferiores cuando se comparan con el Hijo. El versículo 6 comienza con una introducción a la cita del Antiguo Testamento que deviene del Salmo 97:7 y se refiere al “primogénito”, el cual es un título clave del Antiguo Testamento para indicar estatus y privilegio. No se refiere necesariamente al que nace primero en la familia. Por ejemplo, considere Éxodo 4:22 que identifica al pueblo de Israel como el primogénito de Dios. Claramente, aquí el título “primogénito” no se refiere a un hijo que nació primero, más bien muestra el honor y la dignidad que Dios confirió a su pueblo al sacarlo de Egipto. Este término sí tiene connotaciones de herencia y de entrada en la tierra. Este título que, en últimas, apunta a Jesús, ocurre en múltiples ocasiones en el Nuevo Testamento y se asocia con su resurrección (Ro 8:29; Col 1:15, 18; Ap 1:5; cf. Sal 89:27). El comienzo del versículo 6 también alude a que Dios trae a su primogénito al mundo. Se debate si esta alusión tiene que ver con el nacimiento de Jesús o con su exaltación. La exaltación es más probable aquí, toda vez que la palabra en el original que se traduce como “mundo” es la misma que se utiliza en Hebreos 2:5 para referirse al “mundo venidero”. De manera que el versículo 6 se refiere a la exaltación y entronización de Jesús. Es probable que el autor alude al libro de Deuteronomio que usa un lenguaje similar para describir a Dios guiando a su pueblo a la tierra. Aquí el autor sugiere un paralelo con relación a Dios guiando a su primogénito al “mundo venidero”; lo cual se ajusta muy bien con la imagen del Hijo guiando a los hijos e hijas a la gloria en Hebreos.

Parece posible que esta cita sea del Salmo 97:7 que dice, “adórenle todos sus ángeles”, pero también parece que alude a la traducción griega de Deuteronomio 32:43. Es posible que la cita refleje la tradición judía que se encuentra en el escrito no canónico La vida de Adán y Eva que dice que cuando Dios trajo a Adán, el primogénito de Dios, al mundo cuando Dios creó a Adán, los ángeles lo adoraron. Así las cosas, el autor de Hebreos pudo haber tenido la intención de aludir a Cristo como el segundo Adán, algo similar al argumento de Pablo en Romanos 5. Ello sería una referencia al futuro cuando todas las cosas sean sujetas a Cristo y él sea adorado por todos.

La segunda cita del segundo par de citas que se da en el versículo 7 es del Salmo 104:4, el cual señala la naturaleza transitoria de los ángeles, tan efímeros como el viento y el fuego. Junto con la cita del versículo 6, esta cita también apunta al papel auxiliar y de subordinación de los ángeles para la adoración y el servicio al Hijo.

El par final de citas del Antiguo Testamento, en los versículos 8-12, se enfoca en la naturaleza eterna e inmutable del Hijo que contrasta con la naturaleza transitoria de los ángeles. La cita en los versículos 8-9 es del Salmo 45:6-7 que es un salmo de realeza que celebra la boda del Hijo del rey. Aquí el salmo se aplica a Jesús, el Hijo. En el salmo original, las palabras, “tu trono, oh Dios”, se refiere a Dios, pero aquí en Hebreos esas mismas palabras son ahora aplicadas a Jesús, el Hijo. Es notable que lo que el Antiguo Testamento registró acerca de Dios, ahora se adscribe a Cristo. Las palabras de Dios no solo hablaron en el Antiguo Testamento sino que siguen hablando ahora con relación a Cristo. La referencia a su trono que es eterno y para siempre destaca su estatus de exaltación. El cetro en el salmo es una indicación de la autoridad del Hijo; la justicia a la que se refiere el salmo es ahora una indicación de la justicia del reino de Dios y de la obra de Jesús en la cruz, donde la justicia se manifiesta completamente. La referencia a la unción en el salmo también señala a Jesús como el Mesías y a su obra como sumo sacerdote.

La segunda cita del último par de citas es del Salmo 102:25-28. Aquí el salmista clama a Dios por ayuda, luego de que tanto Sión como el salmista habían experimentado el juicio de Dios. En el contexto original del salmo, el salmista cae en la cuenta de que, al igual que su corta vida, los cielos y la tierra también desaparecerán, pero que Dios es para siempre. Otra vez, el autor toma el término “Señor” del Salmo 102 para referirse a Cristo. El Hijo es reconocido y alabado como agente de la creación por cuyo medio el mundo fue hecho. Aunque el orden creado pasará, incluido cielo y tierra, el Hijo permanece para siempre; lo cual es un tema clave en Hebreos (Heb 10:34; 12:25-27; 13:14). Esta verdad anticipa la confesión en Hebreos 13:8 de que Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos.

La última cita del Antiguo Testamento en Hebreos 1:13 funciona como un resumen y un clímax de la serie de citas del Antiguo Testamento. No sorprende que esta última cita sea del Salmo 110:1, cuya importancia ya hemos señalado. Estas son apenas algunas de las citas o alusiones al Salmo 110:1 en el Nuevo Testamento: Mt 22:44; Mr 12:36; 14:62; 16:9; Hch 2:34; Ro 8:34; 1Co 15:25; Ef 1:20; Col 3:1; Heb 8:1; 10:12; 12:2. El versículo 13 abre con la misma pregunta retórica del versículo 5: “¿a cuál de los ángeles ha dicho jamás …? y la respuesta es, “a ninguno”. Así, los versículos 5-13 subrayan la superioridad del Hijo con relación a los ángeles y a cualquier otro ser creado.

El versículo 14 cierra esta sección con una referencia a la herencia que pone entre paréntesis las referencias similares de Hebreos 1:2 y 4. Ya hemos considerado este versículo con relación al pueblo de Dios y lo haremos en otra ocasión con relación al tema de la herencia en Hebreos.

Hemos cubierto mucho de las Escrituras en esta sección, por lo que es oportuno ofrecer algunos comentarios pastorales a manera de resumen. Primero, es importante tener un conocimiento adecuado del Hijo y de lo que él ha logrado para nosotros. Muchas personas no tienen una comprensión acerca de Jesús basada en la Biblia, sino una comprensión moldeada por blogs populares, imágenes de Biblias para niños, artículos no rigurosos o de programas especiales de televisión. Necesitamos entender a Jesús como completamente igual a Dios y al mismo tiempo distinto a Dios el Padre, como exaltado en plena gloria y el heredero de todas las cosas. La manera como pensamos acerca de Dios y de Jesús da forma a la manera como vivimos. Con demasiada frecuencia los cristianos pensamos de una manera pero actuamos de otra. De ahí que ver a Jesús exaltado a la diestra de Dios significa que vemos nuestras vidas en sumisión a él y no a nuestra voluntad. Segundo, este pasaje muestra cuán importante es el Antiguo Testamento y cómo apunta a Jesucristo. Cualquier comprensión del Antiguo Testamento que propone dos vías separadas para leer la Biblia—una la del Antiguo Testamento y la otra del Nuevo Testamento—o que sugiere que Dios tiene un plan para los judíos y otro para los gentiles—se queda corta al no captar que toda la Escritura, de alguna manera, apunta a la obra de Dios que culmina en, y es completada por, Jesucristo, su Hijo.

Jesús, el ser humano perfecto que satisface plenamente

las intenciones de Dios para la humanidad – Hebreos 2

Hebreos 1 enfatiza la divinidad de Jesús, mientras que su humanidad es el enfoque en Hebreos 2. Por su encarnación, Jesús exhibe solidaridad con la humanidad, como ya hemos visto en nuestra sesión previa sobre el pueblo de Dios que se enfocó en Hebreos 2:10-16. Aquí analizamos cómo el autor de Hebreos usa el Salmo 8 para mostrar el significado de la encarnación de Jesús.

En Hebreos 2:5, el autor deja en claro que el análisis previo acerca del Hijo tiene que ver con el mundo porvenir, lo cual, como vimos en Hebreos 1, se enfoca en la exaltación de Jesús. Imágenes similares a las del “mundo porvenir” también ocurren en Hebreos 6:5, que habla de los poderes de la era futura, y Hebreos 13:14 que se refiere a la ciudad venidera. Más aún, el autor de Hebreos aclara que los ángeles no tendrán papel alguno en el mundo porvenir, con lo que posiblemente tuvo la intención de cuestionar algunas creencias tradicionales judías de que se asignarían a los ángeles varias áreas del mundo para gobernar. Como ya anotamos, no parece posible que el libro de Hebreos buscara combatir algún tipo de adoración a los ángeles—nótese que después de este punto en la epístola, los ángeles son mencionados muy pocas veces. No obstante, el autor deja muy en claro que la sujeción de todas las cosas se da con relación al Hijo. Ya se ha aludido a esta sujeción con la cita de Salmo 110:1 en Hebreos 1:13, pero su reintroducción aquí en Hebreos 2:5 prepara al lector para un punto muy importante que el autor quiere hacer del Salmo 8.

Cita de Salmo 8:5-7. En Hebreos 2:6-8 se citan apartes de Salmo 8:5-7. De manera casi desprevenida, el autor introduce la cita—“alguien testificó en cierto lugar”—continuando así el énfasis de Hebreos de que Dios habla; con ello presenta al autor humano como menos importante que el hecho de que Dios todavía habla. Esto pudo haber sido una estrategia retórica para ayudar a los oyentes a enfocarse en el contenido del mensaje más que en su fuente.

En su contexto original, el Salmo 8 presenta a David maravillado por la gloria y la majestad de la creación de Dios y la verdad asombrosa de que Dios sea consciente de los seres humanos que son, al parecer, insignificantes cuando se comparan con la gloria de la creación. Es todavía más sorprendente que Dios haya dado dominio sobre su creación a los seres humanos que fueron creados, lo que muestra la tremenda dignidad que Dios concede a la humanidad. Así, este salmo representa la reflexión teológica posterior de David en cuanto a la intención original para la humanidad como se presenta en Gn 1:26-28. A medida que el autor de Hebreos considera el Salmo 8, reconoce con agudeza, en Hebreos 2:8, que este dominio sobre todas las cosas no es ejercido en el presente.

Como ya mencionamos, es posible que el autor de Hebreos haya visto una conexión entre la sujeción de los enemigos bajo los pies del rey davídico en Salmo 110:1, que se cita en Heb 1:13, y la sujeción de todas las cosas bajo los pies de la humanidad en Salmo 8:6, citado en Hebreos 2:8. Entender el Salmo 110:1 en términos de la sujeción de todas las cosas a Cristo, naturalmente levanta la pregunta sobre la razón por la que esta sujeción no es visible en la actualidad. De manera que el autor de Hebreos usa el Salmo 8 para indicar los medios a través de los cuales el Salmo 110 tiene su cumplimiento.

Se discute cómo la referencia al “Hijo de hombre” en Salmo 8 se debe entender en Hebreos. Es dudoso que el autor entienda “Hijo de hombre” como un título mesiánico (como sí se hace en Marcos 10:45), porque en los evangelios, esta expresión ocurre con el artículo definido—“el Hijo de hombre”. Pero en Hebreos, el artículo no está presente, lo cual sugiere que el autor de Hebreos no ve la expresión “Hijo de hombre” como un título mesiánico. Más bien, es más probable que él entendiera el salmo de manera cristológica, esto es, que el Jesús encarnado es el ser humano perfecto que hace posible el propósito de Dios para la humanidad.

En la cita de Sal 8:6, el estatus de la humanidad se describe como cualitativamente inferior que el de los ángeles, pero el autor de Hebreos entiende “un poco inferior” de manera temporal, referido a la encarnación y muerte de Jesús en Heb 2:9. Este salmo se refiere a la gloria y al honor con el que la humanidad ha sido coronada, tal como se expresa en Sal 8:6 y citado en Hebreos 2:7. El autor de Hebreos entiende pues esta coronación en términos de la exaltación de Jesús en Heb 2:9.

El salmo 8 señala tanto el dominio como la gloria planeadas para la humanidad, ¡pero esta intención original para la humanidad contrasta de forma acentuada con la realidad que los humanos conocemos en el presente! La respuesta a esta contradicción aparente es precisamente la vida y muerte de Jesús. Ciertamente, el autor deja esto en claro al enfatizar que vemos a Jesús quién probó la muerte—no solo por él sino por todos los seres humanos. Es probable que la expresión “probar la muerte” evoque el lenguaje similar que se asocia con Jesús en cuanto a “beber la copa” del sufrimiento. Las siguientes son referencias a los evangelios en cuanto a este lenguaje: Mt. 20:22; 26:27, 29; Mr 10:38-39; 14:23-25 y Jn 18:11. Las palabras de Hebreos 2:9 apuntan a que el sufrimiento de la muerte por parte de Jesús es el pivote, o el punto de quiebre, entre su humillación y su exaltación. El uso de la voz pasiva en este versículo destaca la presencia de la intervención de Dios en estos eventos.

Este es el primer uso del nombre de Jesús en Hebreos; nombre que es usado para enfatizar su humanidad. Y esta es también la primera mención de su muerte. Así, el autor indica que el sufrimiento de Jesús, así como su muerte y eventual exaltación son los medios por los cuales la intención original para la humanidad es restaurada. De manera que Jesús es la verdadera humanidad que cumple el Salmo 8. Otra vez, el autor puede tener la intención de hacer un contraste entre la falla del primer Adán y Jesús, como el segundo Adán, que satisface perfectamente las intenciones de Dios para la humanidad.

Resumiendo, el Salmo 8 presenta unas reflexiones de David sobre la intención original para la humanidad, tal como se encuentra bosquejada en Gn 1:26-28. La apropiación de este salmo en Hebreos 2 capacita al autor para demostrar cómo las intenciones originales de Dios para la humanidad están siendo ahora satisfechas en Jesús, el ser humano perfecto.

Más aún, como hemos mencionado, hay una alusión al libro de Éxodo, o una tipología implícita de éxodo, que corre a través de mucha parte de los capítulos 2 al 4 de Hebreos. Esta tipología le permite al autor presentar a Jesús como el pionero (ἀρχηγός- arjegós).

Jesús como el pionero en Hebreos 2:10 y Hebreos 12:2. La descripción de la función que Dios le otorga al Jesús exaltado para guiar a los hijos e hijas a la gloria, tal como ha sido su intención, fluye naturalmente de la comprensión que el autor tiene del Salmo 8. Recordamos que la designación de los creyentes como hijos e hijas, intencionalmente apela a la identificación anterior del Hijo como heredero de todas las cosas en Heb 1:2 e indica que los hijos e hijas también participarán de la herencia del Hijo. La clave para entender esto es el papel pionero del Hijo en Heb 2:10. Ello anticipa imágenes subsecuentes de Jesús como el que ha ido antes, ya está presente en el reino celestial y ahora guía a los creyentes a ese reino (ver por ejemplo, Heb 4:14–16; 6:20; 7:26–28; 9:11–12, 24; 12:22–24).

La imagen de Jesús como pionero también ocurre en Heb 12:2. Ello tiene lugar después de los numerosos ejemplos de fe y fidelidad de Hebreos 11. En Hebreos 12, Jesús es tanto el ejemplo perfecto de fidelidad como el pionero y perfeccionador de nuestra fe. Por el gozo puesto delante de él, soportó la vergüenza de la cruz. Así, al igual que en Heb 2:10, el uso del término “pionero” en Heb 12:2 está asociado con sufrimiento pero también con gloria. Hebreos 12 presenta, además, a Jesús sentado a la diestra del trono de Dios, otra alusión al Salmo 110:1. Asimismo, el término “pionero” en Hebreos 12:2 es seguido por la imagen subsiguiente de la Sión celestial que sugiere una comprensión tipológica de la entrada en la tierra en términos de entrar en la Sión celestial. Cuando estas imágenes se entienden en su conjunto, el uso de “pionero” (ἀρχηγός) en Hebreos puede verse como que Dios encarga a Jesús de guiar a los creyentes a su destino final; destino descrito en términos de gloria, del reposo prometido, de la Sión celestial, del santuario celestial, del reino inconmovible y de la ciudad porvenir. En otras palabras, Jesús es el pionero que guía a la humanidad a la gloria que fue originalmente pensada para la humanidad.

La conexión entre la exaltación de Jesús y el mundo porvenir en Heb 2:5 nos lleva a la deducción de que la gloria a la que los creyentes están siendo guiados no es otra que la del mundo venidero, que abarca el Sábado (el reposo prometido), el santuario celestial, la ciudad porvenir.

La perfección del Hijo perfecto y el sufrimiento – Hebreos 2, 5 y 7

Como ha debido quedar claro en nuestros análisis anteriores, la humanidad de Jesús—el ser humano perfecto—involucra gloria, sufrimiento y muerte. En efecto, el camino a la gloria pasa por el sufrimiento; la gloria y la humillación no pueden ser separadas. Ello lleva al pronunciamiento sorprendente en Heb 2:10, esto es, que convenía que el creador de todas las cosas, el Dios del universo, llevara a su pueblo a la gloria a través del sufrimiento de Jesús, su Hijo. (Otros lugares en el Nuevo Testamento que presentan los sufrimientos de Cristo incluyen Fil 3:10; 1P 1:11; 4:13 y 5:1). Leamos pausadamente Hebreos 2:10, “En efecto, a fin de llevar a muchos hijos a la gloria, convenía que Dios, para quien y por medio de quien todo existe, perfeccionara mediante el sufrimiento al autor de la salvación de ellos” (NVI).

Esto introduce para nosotros uno de los temas claves de Hebreos como es el concepto de perfección. Con frecuencia pensamos en la perfección en términos de perfección moral, o en contraste con la imperfección, de manera que si hay cualquier cosa mala en algo, entonces ese algo es imperfecto y que si no hay nada malo con algo, entonces ese algo es perfecto. Esta lectura es lo que nos genera inquietud cuando la Escritura habla de la necesidad de Jesús de ser perfeccionado. La Biblia deja muy en claro que Jesús es sin pecado. Debemos preguntarnos entonces, ¿en qué sentido necesita él ser perfeccionado?

En vez de pensar sobre la perfección en Hebreos como una categoría moral, es mejor pensar sobre la perfección en línea con lo que se describe en ocasiones como vocacional o teleológico. En otras palabras, la perfección en Hebreos tiene que ver con lograr perfectamente el propósito de la intención de Dios para algo. En Hebreos, la perfección se aplica al sumo sacerdocio de Jesús. Para que Jesús sea el sumo sacerdote perfecto, Hebreos señala que él necesita ser perfeccionado y que esta perfección implica sufrimiento.

Sufrimiento y el Hijo en Hebreos 2. Vemos esto del sufrimiento y el Hijo claramente en Hebreos 2. El versículo 10 señala que convenía para el Hijo, quien es el pionero de la salvación de los hijos e hijas, ser perfeccionado a través del sufrimiento. Luego de manifestar esa conveniencia, el autor presenta la encarnación de Jesús, la cual analizamos previamente en términos de sus connotaciones para el pueblo de Dios en Hebreos. Terminamos ese análisis con el versículo 16, por lo que ahora regresamos y observamos Heb 2:17-18.

Estos versículos introducen el sumo sacerdocio de Jesús; un tema muy importante en Hebreos (Heb 3:1; 4:14; 5:5, 10; 6:20; 7:26, 28; 8:1, 3; 9:11 y 10:21). Hebreos 2:17 señala que Jesús tenía que ser hecho semejante a los hijos e hijas “en todo”, a fin de que llegara a ser un sumo sacerdote misericordioso y fiel. El versículo 18 va más allá y señala que él sufrió cuando fue tentado, por lo que puede ayudar a los que también son tentados.

Lo anterior nos lleva a la pregunta lógica sobre cómo fue tentado Jesús. Siempre existe el peligro de restarle importancia a la humanidad de Jesús pensando que de alguna manera él no experimentó situaciones difíciles como las que experimentamos nosotros. Pero los evangelios nos ayudan a ver que Jesús sufrió tentaciones que son comunes a la humanidad. No hay duda que él sufrió frustración cuando el clima era bien caluroso y tuvo hambre y sed, y aún en esas condiciones, alguna otra persona quería algo de él. Él pudo haber sido tentado a airarse cuando la gente no atendía lo que él decía. No es bueno especular demasiado en cuanto a estas cosas, pero Jesús experimentó limitaciones propias de ser completamente humano, tales como la necesidad de alimento, agua y descanso; de manera que podemos inferir que fue tentado con las mismas frustraciones que nosotros experimentamos. Sin embargo, aunque fue tentado en estas formas, la Escritura—y especialmente el libro de Hebreos—enfatiza que Jesús no incurrió en pecado (Jn 8:46; 2Co 5:21; Heb 7:26; 9:14; 1P 2:22; 1Jn 3:5; cf. Lucas 23:4, 14, 22; Mt 27:19).

Más aún, además de las formas como usted y yo somos tentados, Jesús también sufrió cuando fue tentado en formas particulares a su llamado mesiánico y, en este sentido, fue tentado y sufrió como ningún otro ser humano. Por ejemplo, Mateo, Marcos y Lucas (Mt 4:1-11; Mc 1:12-13; Lc 4:11-13) registran cómo el diablo tentó a Jesús justo después de su bautismo. De paso, el bautismo de Jesús muestra que él tomó sobre sí el pecado de la raza humana y con el bautismo, él inauguró su ministerio público. Cuando el diablo tentó a Jesús, lo trató de seducir a hacer milagros como el de convertir las piedras en pan precisamente cuando Jesús había ayunado durante 40 días y tenía mucha hambre. Sabemos que Jesús podía hacer ese milagro, porque más tarde multiplicó los panes y los peces para alimentar a miles. Pero el diablo tentó a Jesús para que usara su poder divino en ese momento en vez de confiar que el Padre proveería para él. Luego, el diablo lo tentó para que se lanzara de un lugar alto, con el pretexto de que los ángeles lo protegerían. Pero como está consignado en la respuesta de Jesús, ello equivaldría a tentar a Dios y a no confiar en su protección. Finalmente, el diablo tentó a Jesús a recibir toda la autoridad sobre el mundo si Jesús adoraba al diablo, pero Jesús lo reprendió porque aunque toda autoridad es suya, no la podría recibir sin ir por el camino de la cruz. Estas tentaciones para no confiar en Dios por provisión, protección y dominio son un paralelo de la experiencia tanto de Adán como de Eva en el jardín del Edén, así como de las tentaciones experimentadas por la generación del pueblo de Israel que anduvo por el desierto, pero todas estas fueron experimentadas por Jesús de una manera única. Además, los evangelios muestran que Jesús, el ser humano perfecto, prevaleció donde Adán y Eva y los israelitas fallaron.

En adición a todo esto, creo que hay otra forma como Jesús fue tentado. A veces podemos pensar que debido a que Jesús fue sin pecado, él en realidad no puede entender la dimensión en la que nosotros somos tentados. Pero yo creo que lo correcto es lo opuesto. Debido a que Jesús no incurrió en pecado, ello aumenta el impacto de la tentación. Cuando la tentación se pone bien fuerte, con frecuencia aliviamos la presión de la tentación cediendo a ella. Pero Jesús experimentó la fuerza máxima de la tentación como ninguno de nosotros la ha experimentado jamás. Él prevaleció sobre la tentación, nosotros no. Adicionalmente, Jesús sufrió simplemente por estar en medio del pecado. Creo que con frecuencia tomamos a la ligera las consecuencias horribles del pecado y cuán duro fue para Jesús vivir en medio del pecado y mantenerse puro. Consideremos el hecho que el mundo entero fue creado por medio de Jesús. Él era consciente de la gloria y el dominio que Dios había planeado para los seres humanos, y sin embargo, durante su encarnación, fue confrontado continuamente por los efectos y distorsiones horribles del pecado y de las enfermedades sobre los que llevamos la imagen de Dios. No somos capaces de imaginar la dimensión de este sufrimiento.

El vínculo entre el sumo sacerdocio de Jesús y su sufrimiento es un componente significativo de Hebreos 5 que comentaremos más adelante. Pero por ahora, Hebreos 2 nos muestra que debido a que Jesús fue expuesto a la tentación, al igual que nosotros, tiene compasión y comprensión de nosotros. Esto es de gran aliento y apoyo para nosotros, de poder venir a quien entiende bien las luchas por las que pasamos. Al considerar el contexto más amplio de Hebreos, su autor utiliza el ejemplo positivo de Moisés en Heb 3:1-6 y el ejemplo negativo de la generación del desierto en Heb 3:7-19 para explicar lo que significa ser fiel. El autor desarrolla lo que significa ser misericordioso en Heb 4:14-16 que comentamos a continuación.

Sufrimiento y el Hijo en Hebreos 4

Hebreos 4:14-16 es un pasaje clave en el libro de Hebreos. Este pasaje concluye las advertencias de la generación del desierto registradas en Heb 3:1-4:13 y amplía la descripción de Hebreos 2 acerca de Jesús como el gran sumo sacerdote que atravesó los cielos. Este pasaje, a su vez, abre el camino de la siguiente gran sección de Hebreos 5:1-10:18 que se enfoca en dos temas principales: la designación del Hijo como sumo sacerdote (5:1-7:28) y su ofrenda superior (8:3-10:18).

El uso distintivo del adjetivo “gran” en cuanto a la calidad de sumo sacerdote en Hebreos 4:14 enfatiza la peculiaridad del sumo sacerdocio de Jesús, que es completamente diferente del sacerdocio aarónico. El autor de Hebreos anticipa algunos de los puntos que desarrolla más claramente en secciones posteriores: a diferencia de los sacerdotes levíticos, Jesús es enteramente sin pecado (Heb 5:1-3; 7:26-28) y, a diferencia de esos sacerdotes, Jesús fue designado por juramento del mismo Dios (5:4-10; 6:17-20; 7:15-22). Este juramento asegura que su sacerdocio es eterno (7:16-25). Es más, su ofrenda se asocia con un pacto superior (8:7-13) que se presenta en el tabernáculo celestial (8:2; 9:1-18) e incluye un derramamiento de sangre superior (9:1-28). Adicionalmente, su sacrificio tuvo que ser presentado solo una vez (10:1-18), mientras que los sacerdotes levíticos tenían que repetir sus ofrendas cada año. Finalmente, la imagen de Jesús atravesando los cielos permite recordar al sumo sacerdote terrenal atravesando el tabernáculo terrenal; pero esos sumos sacerdotes podían entrar en el tabernáculo terrenal solo una vez cada año (ver también 6:19-20; 8:1-2; 9:11, 24; 10:20), ¡mientras que Jesús ha entrado en el tabernáculo celestial una vez y para siempre!

Sin embargo, aunque Jesús es el gran sumo sacerdote, muy superior a cualquier sumo sacerdote terrenal, él es capaz de simpatizar, de ser sensible, de entender nuestras debilidades, porque él conoce lo que es ser humano. Él ha compartido nuestra experiencia, de manera que es capaz de “ponerse en nuestros zapatos”. De hecho, la palabra que se traduce como “simpatizar” significa sentir algo con alguien. En otras palabras, Jesús no solo siente por nosotros, él siente con nosotros.

Hebreos 4:15 registra la habilidad de Jesús para simpatizar con, o sentir con nosotros, nuestras debilidades. Ya hemos comentado sobre cómo Jesús está familiarizado con nuestra debilidad humana en términos de limitaciones físicas, como la de experimentar dolor y cansancio, necesitar alimento y agua, entre otras limitaciones. También hemos analizado su experiencia de ser tentado para pecar, aunque él nunca pecó. Pero otra forma de Jesús entender nuestra debilidad tiene que ver con el hecho de haber sido objeto de abusos, insultos, arresto, encarcelamiento, y de una muerte vergonzosa (Mt 26:59-68; 27:26-31; Heb. 10:32-34; 13:13). Él está familiarizado con tal dolor, y de hecho Jesús fue tentado más severamente que los destinatarios de Hebreos lo habían sido o que el grado de tentación que nosotros recibimos hoy. La suya fue, además, la muerte más vergonzosa.

El versículo final en Hebreos 4, el versículo 16, muestra el tremendo resultado del sumo sacerdocio de Jesús—podemos acercarnos con confianza al trono de la gracia. Para entender cuán importante es esto, necesitamos entender que el trono de Dios se describe normalmente como el lugar de la gloria, el poder y la autoridad de Dios (Sal 47:8; 97:2; Is 6:1). Ello corresponde al lugar de la misericordia para la expiación y la propiciación, al que podía llegar, según el Antiguo Testamento, solo el sumo sacerdote terrenal, y ello solo una vez al año en el día de la expiación. Sin embargo, y gracias a la obra de Jesús, vemos que ahora ese lugar es nada menos que el trono donde recibimos gracia y al que podemos acercarnos con confianza. Tenemos el “derecho de acercarnos”, por la obra de Cristo en representación nuestra. Ahora, adoradores común y corriente como usted y yo podemos acceder a la presencia de Dios—esto es algo que no había sido posible hacer antes en la historia de Israel. ¡Qué privilegio!

Sufrimiento y el Hijo en Hebreos 5

Ahora cambiamos nuestro enfoque a Hebreos 5. Este capítulo nos da más razones por las que Jesús tuvo que sufrir para llegar a ser el sumo sacerdote perfecto. Hebreos 5 contrasta el oficio del sumo sacerdocio levítico con el sumo sacerdocio de Jesús. Los versículos 1-4 delinean los requisitos del sumo sacerdocio levítico. Es evidente que esa descripción revela que el autor tiene en mente el día de la expiación establecido en el Antiguo Testamento. El primer requisito es que el sumo sacerdote debe proceder del pueblo para poder representar al pueblo al presentar ofrendas a Dios (Ex 28:1; cf. Lv 8:1-2; Nm 3:10; 18:1). La función de un sacerdote como mediador era bien entendida tanto por judíos como por los romanos en el tiempo de la escritura del libro de Hebreos. El segundo requisito es que el sumo sacerdote tenía que ofrecer sacrificios no solo por los pecados del pueblo, sino también por sus propios pecados (Lv 4:3-12; 9:7; 16:6, 17). Esta es tal vez una de las diferencias más significativas entre el sacerdocio levítico y el de Jesús. El sumo sacerdote terrenal no solo era proclive a pecar de la misma manera que el pueblo, sino que de hecho incurrió en pecado de la misma manera que el pueblo; por lo que él tenía que presentar ofrendas por sus propios pecados. En tercer lugar, el sumo sacerdote tenía que ser benigno con el pueblo porque él mismo estaba sujeto a flaquezas. Las escrituras judías no bíblicas destacan la alta posición del sacerdocio, incluyendo su honor, dignidad, gloria y prominencia, pero no dicen nada acerca de la debilidad ni de la humanidad de dicha posición. Pero aun la imagen del sumo sacerdote siendo benigno o compasivo con el pueblo difiere mucho de esta calidad en el sumo sacerdocio de Jesús. El ser benigno o compasivo podía entenderse como no airarse o frustrarse con las personas a las que el sumo sacerdote representaba ante Dios. Y sin embargo, esto es diferente con lo que vimos en cuanto al sumo sacerdocio de Jesús que puede simpatizar, o sentir profundamente, con las personas a las que él representa ante Dios. Claramente, Jesús tiene la capacidad de hacer mucho más de lo que un sumo sacerdote terrenal pudo haber hecho.

El requisito final del sacerdote levítico es que él debía ser llamado por Dios porque ningún individuo podía apropiarse de este honor sin ser designado por el Señor (Nm 16:40; 18:7). El autor de Hebreos ve algunas similitudes con Jesús en cuanto a este requisito final, toda vez que Jesús no asumió este oficio de sumo sacerdote por su propia iniciativa—¡de hecho, si alguna vez hubo alguien que sí pudo hacerlo, ese era Jesús! Pero aun en esto hay diferencias profundas con el sacerdocio levítico. Jesús también fue designado por Dios para el oficio de sumo sacerdote. Para apoyar este argumento, el autor apela a la cita del Salmo 2:7 en Heb 5:5. Ya hemos comentado cómo esta cita es una declaración pública de algo que ya era cierto. El punto del autor es que Jesús fue designado sumo sacerdote cuando fue “designado” Hijo. ¡Ningún sacerdote levítico fue designado jamás como Hijo de Dios! En efecto, el punto de partida de cualquier similitud entre el sacerdocio aarónico y el de Jesús comienza aquí en el versículo 5. Adicionalmente, la cita del Salmo 2:7 también muestra que el mesías davídico es al mismo tiempo el sumo sacerdote de Dios, algo que nunca pudo haberse dicho de ningún otro rey davídico.

La cita de Salmo 2:7 es seguida de la cita de Salmo 110:4. Hebreos es la única parte del Nuevo Testamento que cita este versículo del Salmo 110, aunque Salmo 110:1 es el versículo del Antiguo Testamento más aludido o citado en el Nuevo Testamento. Ciertamente, Hebreos es la única parte del Nuevo Testamento que menciona a Melquisedec; esto lo hace aquí (Hebreos 5:6), en Hebreos 6:20 y en varias ocasiones en el capítulo 7. El contexto de la cita de Salmo 110:4 es Génesis 14:17-20. No analizaremos este pasaje en detalle aquí, excepto para señalar que Melquisedec fue un ser humano y no un ser angelical, ni una manifestación pre-encarnada de Cristo como algunos sugieren. Melquisedec aparece en escena de manera inesperada en Gn 14:17 después que Abraham derrotó la coalición de reyes que tomó cautivo a su sobrino Lot. Melquisedec es la única persona en el Antiguo Testamento que es identificada como rey y como sacerdote del Dios Altísimo. La palabra “orden” usada en Hebreos 5 sugiere la idea de sucesión, pero no hay sucesión en la línea de Melquisedec, por lo que es mejor pensar en términos de “tipo” o “clase”. En otras palabras, Jesús tiene un sacerdocio que es del mismo tipo que el de Melquisedec. Más adelante en Hebreos 7, el autor muestra que esto quiere decir que el sacerdocio de Jesús no depende de genealogía alguna como sí fue el caso del sacerdocio levítico.

El versículo clave aquí, no obstante, es el versículo 7 que muestra que, aunque la designación de Jesús como sumo sacerdote era un paralelo que excedió con creces la designación de los sacerdotes levíticos, su sacerdocio implicó un tremendo sufrimiento y una tremenda obediencia. Las oraciones y peticiones descritas en este versículo pueden referirse al tiempo de Jesús en el jardín de Getsemaní como se registra en los evangelios (Mt 26:36-36; Mr 14:32-42; Lc 22:40-46), donde Jesús oró para no tener que pasar por la muerte, pero luego oró para que se hiciera la voluntad de Dios y no la suya. Aunque a Jesús no le fue permitido evadir la muerte de cruz, él fue rescatado de la muerte misma y, en este sentido, su oración sí fue escuchada. Sin embargo, los versículos de Hebreos 5 no se armonizan muy bien con el registro de lo vivido por Jesús en Getsemaní, como es el caso del gran clamor y de las lágrimas, por lo que algunos sugieren que el autor tiene en mente “las oraciones del justo sufriente” que se mencionan en el Salmo 116, o posiblemente en el Salmo 22. Adicionalmente, el gran clamor que se menciona en Hebreos 5 puede ser una referencia a la cruz (Mt 27:46-50). El punto clave aquí es que Jesús enfrentó esta muerte horrorosa con oración y que su “designación” al sumo sacerdocio implicó gran sufrimiento. Esto recuerda el sufrimiento asociado con el Hijo en Hebreos 2:10.

El sufrimiento del Hijo es extraordinario, pero el versículo 8 añade algo que es tal vez más extraordinario—que Jesús, el Hijo, por medio del sufrimiento aprendió lo que significa obedecer siempre a Dios. La idea de que uno aprende de sus errores era casi proverbial tanto en el Antiguo Testamento como en el mundo romano, con expresiones como “el aprendizaje viene por medio del sufrimiento”. En Estados Unidos, la gente a veces dice, “no pain, no gain” (sin dolor no hay ganancia). Pero ninguno de esos proverbios jamás conectó el sufrimiento con Dios, que es lo que vemos aquí. Lo que Jesús aprendió no fue el resultado de su pecado ni de sus errores, pero más bien él aprendió obediencia por medio de su sufrimiento en la cruz que lo llevó a su muerte, todo lo cual implicó su sumisión a la voluntad del Padre. De manera que el Hijo aprendió obediencia a través de conformarse perfectamente a la voluntad de Dios.

Esto nos lleva de regreso al concepto de la perfección en Hebreos. Hebreos 5:9 señala que Jesús llegó a ser perfecto a través del sufrimiento. Indiqué previamente que la perfección en Hebreos se entiende mejor teleológicamente—esto es, la perfección implica la obtención de los propósitos que Dios ha establecido para una persona o para un proceso. Tal vez una palabra más apropiada que “perfección” sea “completitud”. Reitero que se debe subrayar que la perfección asociada con Jesús no implica imperfección alguna, ya sea moral o de cualquier otra índole. Recordemos que el autor de Hebreos ya ha afirmado en Hebreos 4:15 que Jesús fue tentado en todo pero que él no incurrió en pecado. De manera que la perfección en Hebreos puede ser entendida como la continuación en un camino que culmina en el cumplimiento, en la completitud del propósito establecido por Dios. Por lo que, si Jesús debía ser el sumo sacerdote perfecto que puede representar a los seres humanos ante Dios, su participación en la humanidad era necesaria y esta participación en la humanidad implica necesariamente sufrimiento.

Además, era necesario que el Hijo sufriera hasta el punto de morir para que pudiera aprender obediencia y así lograr el propósito establecido por Dios de llegar a ser el sumo sacerdote perfecto. Pero la perfección asociada con el hecho de Jesús llegar a ser el sumo sacerdote perfecto no puede separarse de la perfección que Jesús logró a favor de los creyentes, la cual está vinculada con la condición de Jesús como la fuente de eterna salvación registrada en Hebreos 5:9. Como ya se ha indicado, la “salvación” es un tema importante en Hebreos (1:14; 2:3; 2:10; 5:9; 6:9; 9:28; 11:7). Más adelante en Hebreos, esta salvación eterna será presentada en estrecha conexión con la herencia eterna (9:15), la redención eterna (9:20) y el pacto eterno (13:20). La perfección se aplica también a lo que Jesús ha logrado a favor de los creyentes según Hebreos 11:39-40. Todo esto implica, además, que el sufrimiento de Jesús lo ha capacitado para ser el salvador perfecto. Y otra vez debe subrayarse que la idea de un salvador que tenía que sufrir debió ser chocante, si acaso no incomprensible, tanto en el contexto judío como en el greco-romano.

Resumiendo, Jesús como el gran sumo sacerdote es capaz de hacer lo que ningún sumo sacerdote pudo hacer jamás. Esto es así porque él obedeció perfectamente hasta el final, logrando así los propósitos establecidos por Dios para el sumo sacerdocio. Pero esto también significa que Jesús completó, o “perfeccionó”, todo lo que se había anticipado acerca de la institución del sumo sacerdocio en el Antiguo Testamento. Y por todo ello, es imposible volver al orden anterior.

Sufrimiento y el Hijo en Hebreos 7

No tenemos tiempo para analizar Hebreos 7 en detalle, pero este capítulo desarrolla el sumo sacerdocio de Jesús de manera más completa. Solo presentaré unos pocos puntos a manera de resumen. La referencia a Jesús como sumo sacerdote en el orden de Melquisedec en Hebreos 6:20 introduce el análisis de Melquisedec y Abraham que se presenta en Hebreos 7:1-10. Hay tres observaciones que el autor hace a partir de lo que se dice y aun de lo que no se dice en Génesis 14:17-20. Miremos especialmente Hebreos 7:1-3. En primer lugar, no se menciona nada sobre genealogía con relación a Melquisedec, algo realmente inaudito para cualquier rey en el Antiguo Testamento. Ello sugiere que debe haber un sacerdocio que no depende de genealogía, lo que era un requisito esencial para el sacerdocio levítico. Esto es un punto importante que el autor desarrolla en Hebreos 7, específicamente en cuanto a que Jesús no califica para ser un sacerdote levítico porque él desciende de la tribu de Judá, no de la de Leví.

El segundo punto que el autor de Hebreos infiere de la narración de Génesis es que no hay mención del comienzo ni del final de los días de Melquisedec. La aparición y desaparición súbitas de Melquisedec sugieren algo perpetuo o aun eterno acerca de Melquisedec, pero no indica que el mismo Melquisedec fuese eterno. Más bien, indica que la naturaleza perpetua del sacerdocio de Melquisedec apunta a la naturaleza eterna del sacerdocio de Cristo.

En tercer lugar, la narración en Génesis no registra un final del sacerdocio de Melquisedec, lo que implica que dicho sacerdocio todavía está vigente. Este hecho es un claro contraste con el sacerdocio levítico, cuyos sacerdotes no podían continuar en su oficio debido a que eventualmente morían, como se indica en Hebreos 7:23. Pero más importante es que la naturaleza vigente del sacerdocio de Melquisedec indica que es un sacerdocio eterno y que Cristo es un sacerdote de este sacerdocio eterno.

La clave para entender la razón por la que el autor apela a Melquisedec se encuentra en el versículo 3, donde el autor señala que Melquisedec se asemeja pero no es igual al Hijo de Dios. En otras palabras, Melquisedec es un tipo de Cristo que anticipa en algunas maneras algunos aspectos de un tipo diferente de sacerdocio que son eventualmente cumplidos en Cristo. Más aún, la comparación no se hace entre dos individuos, Melquisedec y Cristo, sino entre el sacerdocio asociado a Melquisedec y Cristo, por un lado, y, por otro lado, el sacerdocio asociado a los levitas.

En el resto de Hebreos 7:1-19, el autor muestra que aunque Abraham fue sin lugar a dudas una persona muy importante, había alguien mucho más importante. Ello se evidencia en el hecho que Abraham pagó los diezmos a Melquisedec, con lo que se indica el estatus superior de Melquisedec. Así, el sacerdocio asociado a Melquisedec debe ser más importante que el sacerdocio asociado al descendiente de Abraham, es decir, Leví. En Hebreos 7:20-22, el autor argumenta que el juramento relacionado con el sacerdocio de Melquisedec, como se indica en Salmo 110:4, es además otra evidencia de la superioridad de este sacerdocio en comparación con el sacerdocio levítico, en el que no hubo juramento.

En el resto de Hebreos 7:11-28, el autor bosqueja varias de las limitaciones inherentes al sacerdocio levítico y anota en el versículo 11 que si la perfección pudiese haberse obtenido a través de dicho sacerdocio, entonces no habría sido necesario otro sacerdote—uno en el orden de Melquisedec, no en el orden de Aarón. Más adelante, en Hebreos 8, el autor muestra que lo inadecuado del sacerdocio levítico tenía que ver con su incapacidad de remover los pecados y de limpiar la conciencia del adorador. Esta es la razón por la que el sacerdocio anterior no podía lograr la perfección. Solo el sacerdocio asociado con Cristo podía lograr dicha perfección. Esto se resume en Hebreos 7:25 con la afirmación de que Jesús es poderoso para salvar completamente a los que se acercan a Dios por medio de él y de que Jesús vive para interceder por ellos. Finalmente, Hebreos 7:26-28 presenta un resumen de muchos de los puntos claves que el autor desarrolla en este capítulo. Solo para mencionarlo, Hebreos 8-10 describe la superioridad de la ofrenda de Jesús presentada en los cielos y su mediación del nuevo pacto.

Conclusiones

Hemos cubierto bastante terreno. Para cerrar todo esto, presento dos conclusiones que surgen de la perfección de Jesús y de su oficio como sumo sacerdote perfecto.

La primera es que es imposible regresar al viejo orden. Esto es así porque cada aspecto del sacerdocio antiguo junto con sus sacerdotes y ofrendas apuntaba más allá de sí mismo al sacerdocio y a la ofrenda perfectos de Cristo. Los sacerdotes levíticos no podían ofrecer un sacrificio que pudiera limpiar la conciencia y así empoderar al adorador para presentarse plenamente en la presencia de Dios. Más aun, esos sacerdotes eventualmente morían y tenían que ser remplazados. Los sacrificios que ellos ofrecían tenían que ser repetidos una y otra vez. Pero el autor va más allá y señala en Hebreos 7:18-19 que la ley, una referencia al pacto mosaico, ha sido subrogada por un nuevo sacerdocio. Por lo que aun si una persona quisiera regresar al orden levítico, ya no es posible. Ese orden ha perdido su vigencia y no existe más. Esto tiene repercusiones importantes para quienes alegan que el templo en Jerusalén debe ser reconstruido y que los sacrificios deben ser ofrecidos en un templo reconstruido. En ocasiones estas personas alegan que todas las promesas hechas por Dios a Israel tienen que ser cumplidas en forma literal, de manera que el templo también debe ser reconstruido. Pero si Jesús tuvo que sufrir para aprender obediencia y para cumplir o perfeccionar los propósitos establecidos por Dios, y si el templo y los sacrificios asociados con dicho templo eran solo instituciones anticipatorias o preliminares que apuntaban más allá de ellas mismas a algo muy superior, entonces ¿por qué tendría que reconstruirse jamás el templo? Aunque mucha gente que alega que el templo debe reconstruirse indica que su intención no es subestimar a Cristo, cualquier sugerencia de regresar al viejo orden—lo que no se puede hacer, de todas maneras—en últimas le resta al sacrificio perfecto de Jesús en la cruz y a la perfección que Cristo ha conquistado para los creyentes y que no pudo lograrse por los sacrificios levíticos. Los grandes planes de Dios comienzan en el Antiguo Testamento y apuntan hacia adelante a Cristo. En Cristo, todas las promesas de Dios son “sí” (2Co 1:20) y desde allí las promesas de Dios se encaminan a la Nueva Jerusalén. Los propósitos de Dios señalan hacia adelante. No hay manera de regresar. ¿Y por qué y para qué quisiéramos regresar?

La segunda conclusión que surge de este pasaje tiene que ver con el sufrimiento de Jesús. De alguna manera, en la perfecta sabiduría de Dios, su propio Hijo tuvo que pasar por el sufrimiento para traer perfección, o completitud, de los planes de Dios que son buenos. Hay demasiada gente hoy que nos trata de convencer de que si seguimos el Evangelio experimentaremos buena salud y mucha riqueza material. Nos dicen que Jesús quiere que seamos felices y que si lo seguimos y damos nuestro dinero a la iglesia o a un ministerio particular, que él nos bendecirá y nos dará buenas cosas, como un buen carro y una casa lujosa. Pero eso es absurdo. Si fue necesario que el mismísimo Hijo de Dios sufriera para cumplir los propósitos perfectos de Dios, ¿cómo es posible pensar que de alguna manera nosotros no tenemos que pasar por el sufrimiento? El sufrimiento es duro y no tiene nada mágico en sí mismo. Pero el sufrimiento sí nos da la oportunidad de confiar en Dios y de crecer en nuestra fe. El sufrimiento nos brinda la oportunidad de llegar a ser más como Jesús, el varón de dolores.

Por favor no malinterpreten mi siguiente punto sobre esto. Pero no estoy convencida que Jesús quiera necesariamente que seamos felices. Jesús nos ama a cada uno de nosotros más de lo que podemos imaginar. Pero ser feliz aquí y ahora con cosas que no perduran no se parece en nada a la transformación a la misma imagen de Jesús y de compartir en su gloria eterna con él. Recordemos que el Hijo guía a los hijos e hijas a la gloria eterna. Como dicen algunas personas, Jesús desea que seamos santos, no necesariamente felices. Si el camino a la gloria llevó a nuestro Señor por el camino del sufrimiento, ¿por qué debemos pensar que de alguna manera somos mejores o exonerados y que podemos llegar a la gloria sin sufrimiento? Esto puede sonar como malas noticias, pero en realidad son buenas noticias. Tenemos una esperanza firme que nuestro sufrimiento puede ser usado para propósitos importantes—nos puede enseñar perseverancia y hacernos completos, perfectos, en Cristo. Así, los propósitos establecidos por Dios para cada uno de nosotros pueden llegar a su perfección y completitud, de la misma manera como se dio con nuestro Señor Jesucristo. No hay atajos en el camino a la gloria, pero el destino final es mucho más sublime de lo que jamás podamos imaginar.

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