Posted in Decimocuarta Edición

Decimocuarta Edición

Inicio / Decimocuarta Edición / Salmo 26: Piedad, ética y proclamación

Salmo 26: Piedad, ética y proclamación

Milton Acosta, PhD

Profesor de Hebreo y Antiguo Testamento. Director del grupo de investigación institucional Biblia y Teología. Subdirector del proyecto Fe y desplazamiento (2016-2019). Editor de Antiguo Testamento del Comentario Bíblico Contemporáneo (Certeza Unida, Kairós). Vinculado a la FUSBC desde 1995.

Resumen

Las organizaciones basadas en la fe cristiana deberían ser ejemplo, no solo de piedad y proclamación, sino también de ética. Una razón por la cual esto no ocurre es por la mayor concentración de los recursos, energía y enseñanza en el objeto de culto y no tanto en las implicaciones éticas del culto a Dios, el cual ocurre en las iglesias y en las instituciones cristianas. El salmo 26 les ofrece a los cristianos una perspectiva renovada de la inescindible relación entre piedad, ética y proclamación. Este artículo afirma un mensaje compuesto que recorre todas las páginas de la Biblia: el culto a Dios tiene implicaciones éticas que si no se cumplen invalidan el culto. Del mismo modo, lo que le da al creyente autoridad para proclamar el mensaje divino es la práctica de la ética que se desprende de ese mensaje.

Palabras clave: piedad, proclamación, soborno, ética, culto.

Introducción: A más religión más corrupción

En estos tiempos, cuando los cristianos evangélicos de varios países latinoamericanos celebran con júbilo su potencial y poder político, vale la pena preguntar de dónde viene la autoridad del cristiano para proclamar la palabra de Dios y al mismo tiempo reflexionar en los peligros latentes de un regreso a la mentalidad de la cristiandad. En otras épocas los cristianos de nuestro continente creían que la transformación de la sociedad vendría por tres vías principales: el poder transformador del Espíritu Santo, la presencia capital de la iglesia como sal de la tierra y el testimonio personal de cada cristiano. Hoy, el Espíritu ha sido reemplazado por las marchas contra algo o alguien, la sal por el poder político y el testimonio por el voto. El cuadro es preocupante; no porque la participación en política sea mala en sí misma, sino por el lugar que ha llegado a ocupar y por lo que a costa de esta se sacrifica.

Según algunos estudios, los países más religiosos del mundo son también los más corruptos, independientemente de si son cristianos, musulmanes o budistas. Con este solo dato se viene al piso la creencia de otras épocas según la cual los países cambian para bien si aumenta el número de conversiones o la convicción actual, en el caso de los cristianos, que consiste en la imposición de los llamados “valores cristianos”, si los cristianos llegan al poder. El panorama no es muy halagador, pues la historia y la realidad parecen darles la razón a los investigadores del tema, a más religión, más corrupción.[1]

Un estudio en particular sugiere que parte de la razón para la coexistencia de corrupción y religión es que en los sitios de predicación y de formación en la fe se presta más atención a la adoración y al objeto del culto que a las implicaciones éticas de esa adoración.[2] Esto ocurre probablemente porque se asume que una cosa no tiene que ver con la otra o simplemente porque resulta más fácil entonar cantos que trabajar en la transformación de la cultura.

Ante esta situación, el salmo 26 podría ser de mucha utilidad para los cristianos en estos tiempos ya que de manera decidida pone al lector de la Sagrada Escritura a pensar en su conducta frente a la corrupción y en los corruptos como una reflexión normal para quien se presenta delante de Dios sea solo o en comunidad. El tema de la corrupción es de la mayor importancia dada su antigüedad y la magnitud que ha alcanzado en nuestros países, donde la corrupción es parte normal de la cultura y del funcionamiento de instituciones y entidades públicas y privadas, de manera que no es solamente el encargado de las compras quien está expuesto a la corrupción; lo estamos todos en mayor o menor grado, en más o menos lugares y con mayor o menor frecuencia.

El salmo 26 muestra que las decisiones éticas se toman delante de Dios, antes de que llegue la oportunidad para pagar o recibir sobornos, vender o comprar la conciencia, y hablar o callar ante lo que se sabe. Este artículo se propone demostrar que esa ética figura en el salmo 26 como fuente de autoridad para la proclamación de la palabra de Dios. El salmo asume que el poder para proclamar la palabra de Dios viene de la integridad ética. Así pues, este artículo será una exposición del salmo 26 que invita a los lectores cristianos a reflexionar en la importancia de la ética para la proclamación de la palabra de Dios con autoridad moral y con humildad.

El salmo 26

Algunos estudiosos sostienen que el salmo 26 pertenece al mundo de la sabiduría y que por lo tanto su interpretación no debe estar limitada a lo que podría significar como texto cúltico únicamente. Así, el “carácter sapiencial” del salmo debe ser considerado como una prioridad en su interpretación y no como una simple característica menor.[3] Tal vez lo más sobresaliente del salmo como texto de sabiduría sea el antagonismo entre “los pecadores” y “los justos”. Pero, si bien no se puede negar el sabor a sabiduría de este salmo, no se debe perder de vista que el centro literario y retórico de esta oración hace referencia al culto, un tema escaso en la literatura sapiencial.

Visto como un salmo litúrgico, es decir, para el culto, las marcas principales que los intérpretes notarán serán otras. Desde esta perspectiva, en el salmo 26 se observarán algunas características propias de los salmos de lamentación, pues menciona a los enemigos, como se hace en los salmos de vindicación y liberación.[4]

Se debe observar aquí que uno de los problemas en el estudio de los Salmos ha sido el exceso de clasificaciones y la falta de acuerdo entre autores sobre las clasificaciones mismas,[5] razón por la cual Alonso Schökel ha criticado a Gunkel en su estudio de los salmos.[6] Ante estas perspectivas, si es un salmo litúrgico o de sabiduría, las clasificaciones de los salmos basadas en su uso a lo largo de la historia no deberían ser tan rígidas, especialmente al momento de considerar su uso actual. Es decir, el uso de cierto lenguaje, como el de la sabiduría, o la forma, como la litúrgica, no se limita a un solo tipo de literatura o de contexto para la piedad. Demostrar las coincidencias lingüísticas entre textos es relativamente fácil; lo complejo es determinar la exclusividad de un cierto uso basado en eso. Así entonces, para no quedarnos en estas discusiones, por buenas e interesantes que sean, entraremos directamente al texto por vía del análisis literario y retórico. A partir de este estudio propondremos algunas conclusiones pertinentes para el momento actual de la iglesia cristiana en nuestro continente con respecto a la relación entre la ética y la proclamación.

Traducción y exposición del salmo 26

1 De David

A  Júzgame Señor porque yo en integridad he caminado; y en el Señor he confiado; no

resbalaré

2 Examíname Señor y ponme a prueba

refina mis entrañas y mi corazón

3 Porque tu misericordia está delante de mis ojos camino en tu verdad

B   4 No me he sentado con gente falsa y con clandestinos no ando

5 Detesto la compañía de los malos y con pecadores no me siento.

C  6 Me lavaré las manos en inocencia y me pasearé por tu altar Señor

D 7 Para proclamar con voz de gratitud y para contar todas tus maravillas

C’ 8 Señor, amo la casa donde moras y el lugar donde habita tu gloria

B’  9 No me quites la vida con los pecadores ni con hombres sanguinarios mi existencia

10 que en sus manos tiene artimañas y su diestra llena de sobornos

A’ 11 Pero yo en integridad caminaré; redímeme y compadécete de mí

12 Mi pie está parado en tierra firme;

Introducción

El salmo 26 es una oración de inocencia, como los salmos 25 a 28. Un contenido así sugiere, de entrada, que su uso no está limitado a ninguna época específica de la historia. Aunque se trata de una oración, el salmo 26 al mismo tiempo presenta un argumento. Es clara la asociación del individuo con el templo y la comunidad de creyentes, la separación de ciertas personas y prácticas, y la petición para que Dios lo vindique y lo libere. Suponemos que los enemigos aquí referidos son gente adinerada ya que están en capacidad de pagar sobornos. Siempre ha habido poderosos que, para tapar sus faltas, acusan falsamente a otros, así como también gente sobornable. Pero el orante de este salmo está seguro de su inocencia y de la justicia divina; por eso precisamente es que ora.

Visto a partir de su forma literaria, en el salmo 26 se observan siete partes claramente reconocibles. Otros estudiosos reconocen una estructura similar, algunos con bastante detalle.[7] Como se indica a continuación con los números de los versículos, cada una de las tres primeras partes tiene su correspondencia en las tres últimas. En el centro de esta estructura quiástica, el versículo 7, figura la proclamación agradecida de las maravillas de Dios. Estas siete partes contienen cuatro temas: la firmeza del íntegro (1-3/11-12); la amenaza de los corruptos (4-5/9-10), la presencia protectora de Dios (6/8); y la proclamación de la palabra de Dios (7). Este será el orden y la temática que seguiremos en la exposición del salmo 26, haciendo referencia a su estructura global y a la relación entre sus partes.

La observación de la estructura literaria en un texto poético hebreo, particularmente del paralelismo, es práctica común y corriente a partir de la segunda mitad del siglo veinte.[8] Sin embargo, no se trata de una ciencia exacta en la que el resultado final es para todos igual. Por eso, como lo muestra la literatura relevante, es posible encontrar en artículos y comentarios diversas opciones para la estructura de un mismo texto, con cada autor plenamente persuadido de la suya. El estudio del salmo 26 es prueba de ello.[9] Por eso, lo que se busca en este ejercicio no es la uniformidad en la representación de la estructura del texto, sino demostración de legitimidad en el método y claridad en la clave que se ha usado para leer el texto. Existen indicios y patrones generales reconocibles en la poesía y la narrativa hebreas que nos permiten establecer estructuras con un alto grado de detalle. Pero no es posible conocer la mente y la intención del escritor bíblico en su totalidad como para afirmar que los detalles de una estructura propuesta sean definitivos e indiscutibles.

En vista de lo anterior, y atendiendo a la comprensión de Kosmala sobre el tema,[10] aquí hemos seguido una pista lingüística y temática para notar características reconocidas universalmente en el estudio de la literatura hebrea bíblica, especialmente en la poesía, cuales son el paralelismo y el quiasmo. Es decir, se observa primero la repetición de términos o palabras semánticamente equivalentes; y segundo, la manera como están localizados estratégicamente a lo largo del texto, como lo presentamos arriba, dispuesto de manera que se pueda observar las secciones y los paralelos.

Los ecos entre el salmo 1 y el 26 son evidentes: caminar, sentarse, pararse, la asamblea, los pecadores, los malos, el adverbio “no” (varias veces) para referirse a las conductas de las que el orante se abstiene de participar. Lo que hace el salmo 26 es especificar algunas de las actividades propias de los que en el salmo 1 son llamados malvados, pecadores y escarnecedores; es decir, los corruptos. En el salmo 1 se habla de manera general sobre los creyentes; en el salmo 26 habla el creyente que es víctima de los corruptos. En síntesis, los salmos 1 y 26 tienen en común lo siguiente: el creyente íntegro, los pecadores, la presencia de Dios, el final de los malos, la permanencia del creyente y la forma como permanece.

En el salmo 26 el orante se defiende de acusaciones probablemente falsas. Aunque mucho culpable se declara inocente, en la siguiente interpretación asumiremos que el orante de este salmo es inocente de lo que lo acusan y que de verdad es íntegro.[11] La estructura del salmo sugiere que el orante está en el templo. Sin embargo, es posible imaginarse un escenario en el cual el creyente está solo en el momento de orar, pero tiene en mente el templo. En cualquier caso, la defensa que el orante hace de sí mismo no se refiere a hechos concretos, sino que se plantea de modo más bien genérico, señalando ciertos males conocidos. Siendo así, podría tratarse entonces de un acto mental del creyente[12] que tiene unos referentes específicos pero indeterminados. Sin embargo, el hecho incontrovertible es que el salmo 26 existe como texto canónico para nutrir la fe de los creyentes en una sociedad corrupta.

Los salmos 7, 17 y 25 a 28 tienen en común la situación de un orante acusado falsamente por gente poderosa de delitos que no ha cometido. La existencia de estos salmos demuestra que, como hoy, en la antigüedad tales situaciones no eran para nada extrañas. Además nos muestran que estas experiencias hacen parte de la ética y de la piedad del creyente.

Exposición del salmo 26

A continuación examinaremos los detalles de las secciones paralelas del salmo 26 hasta llegar a su centro, la proclamación de la palabra de Dios. Como se verá, en este salmo no se separa la ética de la piedad, ni los temas sociales del culto. Todas estas cosas juntas hacen parte integral de la fe. Por cierto, estos son los mismos temas que ocupan a los profetas, pero lo expresan en forma de oráculos, sermones, y dramatizaciones. En el salmo 26 tenemos una oración, que si bien está expresado en primera persona, tiene un valor enorme para la comunidad de creyentes.

La firmeza del íntegro (1-3 y 11-12).
El inicio y el final del salmo 26 están marcados por la combinación del sustantivo integridad y el verbo caminar conjugado en primera persona singular: “yo he caminado en integridad” (v. 1) y “yo caminaré en integridad” (v. 11). Estas formas verbales hebreas, que las versiones traducen en presente (camino), pasado (he caminado) o futuro (caminaré), desafían los esquemas gramaticales[13] y nos invitan a pensar en la totalidad de la vida del creyente. El verbo caminar en la Biblia tiene un sentido parecido al que se le da en español, que usa también el verbo andar y los sustantivos camino o pasos: andar en malos caminos, dar un mal paso, caminar derecho o torcido, meter la pata, conducirse bien o mal. En esencia, se trata de la clase de vida que vive una persona, los patrones de conducta, cómo anda.

El nombre de Dios se repite varias veces a lo largo del salmo; aparece al inicio y al final acompañado de verbos: “júzgame Señor” (v. 1) y “te bendeciré Señor” (v. 12). Gracias a esto es que el creyente puede decir: no resbalaré y mi pie se posa en tierra firme. Como se verá más adelante, el nombre de Dios se vuelve a mencionar justo antes del centro del quiasmo (vv. 6 y 8).

Parece bastante temerario que un creyente para expresar su fe y su piedad se presente ante Dios para decirle “¡júzgame!”. Luego, para confirmar que la petición inicial no ha sido un error, declara: “he llevado una vida intachable” y, para completar, añade que confía plenamente en el Señor. Sin embargo, lo que hace el orante al hablar de esta manera es declarar su inocencia en cuanto a lo que se le acusa, no que sea perfecto y nunca haya pecado.[14] Por lo que dice el resto de la oración se deduce que se trata de acusaciones falsas de las que el piadoso es víctima. Por eso puede pedirle a Dios sin titubeo que sea su juez.

La segunda parte de estos imperativos de súplica confirma la necesidad que tiene el creyente de la obra purificadora de Dios. Se percibe aquí una relación entre el caminar en integridad y la confianza en Dios. Pareciera sugerir esta oración que no caminar en integridad revela una falta de confianza en Dios. Es decir, que hay más de un sentido en el que la corrupción ofende a Dios, como forma de injusticia y como falta de fe. La metáfora del caminar aplicada a la conducta se enriquece en este salmo con otras imágenes relacionadas: tropezar, estar firme, andar en tierra llana.

El salmo hace uso de diversas imágenes en seguidilla a fin de declarar en todas las maneras posibles que es inocente. Una forma en el Antiguo Testamento con la que Dios juzga y examina a sus hijos es la prueba. Es sabido que para determinar la firmeza de alguien es necesario tratar de derribarlo; de otra forma no es posible saber qué tan firme está. Puesto en términos prácticos, económicos y personales, se puede preguntar, ¿qué hizo el creyente padre de familia cuando le ofrecieron algo por debajo de la mesa en época de matrículas? O, ¿qué hizo cuando le fueron confiados dineros que no eran suyos y no había supervisión?

La integridad se conoce en la prueba. Pero la prueba de la que habla el salmo 26 no parece ser de las pérdidas y el sufrimiento como el caso de Job, sino de otra naturaleza. En el versículo 2 figuran tres términos sinónimos para el concepto de probar (examina, prueba, refina). El último de estos es la prueba final de la pureza de un metal, la fundición indispensable para eliminar las impurezas.

Si seguimos la línea argumentativa de Deuteronomio con respecto al falso profeta, que puede hacer señales y maravillas (Dt 13:1-5), se podría decir entonces que la oportunidad para participar en un acto de corrupción sería también una prueba divina para comprobar la integridad del creyente. Esto no quiere decir que somos bienaventurados por vivir en un país donde abunda la corrupción y que se nos ha tenido por dignos de sufrir por causa del evangelio, sino que al combinar la escasez con las permanentes oportunidades para la corrupción, nos toca mostrar integridad más frecuentemente que en países con menores índices de corrupción. Esto no niega, claro está, que la corrupción sea un problema de toda la humanidad.[15] Para el funcionario público o privado, la corrupción se entiende como el uso indebido de un cargo para la obtención de beneficios distintos a los contratados. Para el ciudadano común y corriente la corrupción radica en la relación que tiene con ese funcionario, sea como víctima o como cómplice. El orante al leer este salmo, se mueve entre lo que se puede ver y lo que no se puede ver de la integridad. Por eso, las entrañas (v. 2), que en el Antiguo Testamento representan el sitio de las verdades más íntimas, son dispuestas aquí para el escrutinio divino.

De nuevo el orante nos parece un tanto arrogante con su afirmación “no resbalaré” (NVI: sin titubear). Sin embargo, se supone que esta seguridad está ligada a la confianza en Dios, que es lo que acaba de decir: “en el Señor he confiado”. Es como decir, “no me perderé” en el sentido eterno. De todos modos, en los salmos no es extraño que el creyente hable de su propia fidelidad a Dios; en algunos casos el creyente hace una oración donde parece echarse más flores de lo que estamos acostumbrados a ver en una reunión de oración: me agrada hacer tu voluntad, llevo tu ley dentro de mí, he proclamado tu justicia, tu fidelidad y tu salvación en la gran asamblea (Sal 40:9-10). Pero igualmente se mantiene la consciencia de la condición de pecador y de que la salvación de Dios siempre será una gracia (Sal 40:12-17).

El orante, entonces, declara su firmeza al tiempo que pide la ayuda de Dios. Este dato nos obliga a ver con otros ojos lo que inicialmente nos ha parecido arrogancia. Las dos marcas de este creyente no son pues la arrogancia y la vanagloria espiritual, sino una vida íntegra y la confianza en Dios.

En los últimos dos versículos (11-12), el salmo vuelve a los mismos temas del inicio pero, como es propio de los paralelismos sinónimos hebreos, con algunas variaciones. Por cuarta vez aparece el verbo caminar y por segunda vez acompañado de la palabra integridad. La novedad ahora es la adición de la compañía de los creyentes. El hecho de que al principio y al final el salmo no solamente hable de la decisión de vivir en integridad y de la firmeza que tiene, sino que incluya una petición a Dios para que lo sostenga, demuestra que la integridad no es algo que se obtiene meramente por esfuerzo y dedicación personal. Además, el creyente también reconoce, como se hace evidente en otros salmos, que la tarea de mantenerse íntegro en un mundo plagado de corrupción no es para nada fácil.

Otro salmo muy cercano al salmo 26 es el 101, donde el salmista también toma distancia clara y radical de la corrupción. En ambos salmos el orante manifiesta un deseo firme de mantenerse íntegro y cercano a los fieles, y a la vez expresa una especie de aborrecimiento de la corrupción y de la gente corrupta.

La petición de redención y compasión (v. 11) sugiere que la firmeza del creyente y su caminar íntegro no los ha logrado porque tenga más fuerza de voluntad que los demás. Lo que el creyente hace aquí, más bien, es reconocer su debilidad y pedir ayuda. Así como la conducta deshonesta y corrupta se fortalece en compañía de la misma calaña, también es cierto que se puede debilitar en mejores compañías. Hay actitudes y acciones buenas o malas que hacemos o dejamos de hacer dependiendo de la compañía con la que uno ande o no ande. Es posible también evitar ciertas compañías por temor a que estas nos corrijan. No es tema solo de niños y jóvenes. Por eso para mantener la integridad habrá que tomar algunas decisiones en cuanto a las relaciones.

Las relaciones (4-5 y 9-10).
El cambio de tema a partir del versículo 4 es abrupto. Inicia con un rotundo no, que tiene su paralelo en el v. 9. Entre la primera y la segunda sección se escuchan ecos del salmo 1: caminar de cierta manera y sentarse con ciertas personas. Es decir, hemos pasado de la seguridad basada en la confianza en Dios y en la integridad al tema que ha traído al orante delante de Dios: la amenaza de los corruptos y su corrupción. De esta manera el salmo nos muestra que la ética también hace parte de la fe y la piedad en la vida cotidiana. La decisión del orante es a no unirse a quienes son enemigos suyos y de Dios, porque quien de tales actos participa es automáticamente enemigo de Dios.

Esta sección del salmo (vv. 4-5) inicia y termina con el verbo sentarse. Al igual que en el salmo 1, estar sentado no significa estar inactivo o en una posición neutral. Al contrario, es posible que el verbo sentarse aquí se refiera a personas en posición de poder, las cuales determinan muchas cosas sin necesidad de moverse de su asiento; mucho más ahora con Internet y celulares. Además, sentarse con otros es normalmente señal de cercanía.

La referencia a “gente falsa” (heb. mət̲ê šāwəʾ) y los “taimados” o “hipócritas” (naʿălāmîm) no necesita de mucha explicación para entender a quiénes se refiere. Se usan los verbos sentarse y andar, como en el salmo 1, para mostrar una totalidad de la conducta, que luego se refuerza al llamar a estos individuos malos y pecadores.

Si partimos de que la ética bíblica se practica en gran medida como imitación de Dios, podemos afirmar que la decisión planteada en el salmo 26 de no participar en actos corruptos parte del conocimiento del carácter de Dios, quien aborrece a los tramposos y a los asesinos (ver Sal 5). La distancia que el creyente toma de los tramposos corresponde a un acercamiento a la casa de Dios. La recitación pública de un salmo así pone al creyente entre la espada de la palabra y la pared de la comunidad.

En el v. 5 se les llama a los enemigos del piadoso por los términos genéricos acostumbrados en el Antiguo Testamento, especialmente en la literatura sapiencial, “malos” (mərēʿîm) y “pecadores” (rəšāʿîm). Pero los versículos 4, 9 y 10 especifican las cinco conductas por las que así son llamados: falsedad, hipocresía, asesinato, engaño y soborno. Si pensamos en la estructura de este salmo de manera concéntrica, el primer anillo sería el de la seguridad y este el de la inseguridad. El salmo nos dice, no te juntes con delincuentes, ni en el ministerio, ni en los negocios, ni en la política, y mucho menos en vínculos familiares. Están en todas partes.

En la tradición cristiana existen las confesiones de fe, de pecados, pero no conozco confesiones relacionadas con abstenerse del mal ni confesiones donde se declara la inocencia del creyente al estilo de los salmos (ver Sal 17:1-5; 18:20-24) o con referencia al bien que se ha hecho, como el salmo 26 y Deuteronomio 26, por ejemplo. Quizá suponemos que sería arrogante orar así, pero ¿por qué no lo era para ellos?

A los creyentes nos resulta más apropiado decir: Acuérdate, Señor, de tu ternura y gran amor, que siempre me has mostrado; olvida los pecados y transgresiones que cometí en mi juventud. Acuérdate de mí según tu gran amor, porque tú, Señor, eres bueno. Bueno y justo es el Señor; por eso les muestra a los pecadores el camino (Sal 25:6-8). De las dos tradiciones bíblicas, la que afirma la integridad del creyente, y la que afirma el pecado del creyente, hemos conservado la segunda, especialmente en las iglesias donde se recita algún tipo de “yo pecador” y en aquellas donde la cena está precedida por un mini sermón sobre la dignidad que habilita al creyente para participar de los elementos. No tenemos, que yo sepa, lugar en nuestro culto, ni espacio y oportunidad para rendir cuentas de manera positiva, como también lo hizo Samuel al final de su ministerio: díganme a quién le he robado algo (1S 12:1-5). Esto se dijo Samuel porque la petición de un rey le pareció un acto de descalificación para él. De todos modos, confesar rectitud no es arrogancia siempre y cuando se entienda en un contexto más amplio donde el creyente reconoce que es pecador, pero que no es corrupto, no participa de la injusticia social ni de conductas ilícitas; es decir, el creyente no está pidiendo que lo canonicen, sino que lo exoneren de acusaciones falsas (ver Sal 40:12). ¿Habría lugar en el culto cristiano para que el creyente declare públicamente que no ha participado de actos corruptos?

La vida solapada descrita en los versículos 4-5 se refiere a conductas específicas en los vv. 9-10: son sanguinarios, tienen artimañas en sus manos y practican el soborno. En otras palabras, son asesinos, tramposos y corruptos. Por eso la importancia de la separación.

En este punto del salmo queda expuesta la gravedad de la situación que enfrenta el orante, quien tiene sobradas razones para temer por su vida. Declarar la inocencia de quien ha sido acusado falsamente implica la culpabilidad de quienes lo acusan; de ahí el peligro. Si los acusadores son poderosos, no pueden darse el lujo de perder su reputación y todos los beneficios derivados de sus actividades ilícitas e injustas. Esto ocurre en Colombia con los líderes sociales que asesoran a los desplazados que ahora reclaman sus tierras; en este momento es asesinado un líder social por semana.[16] Llamamos a los versículos 4-5 y 9-10 el anillo de inseguridad porque describen una serie de faltas comunes en la cultura de la corrupción, donde el Estado es débil, los ladrones poderosos, y los asesinos implacables.

En el Antiguo Testamento, el soborno está íntimamente ligado al trabajo de los jueces, especialmente en los fallos contra el inocente, que normalmente es pobre (Is 1:23; 5:23; 33:15; Ez 22:12; Miq 3:11), pero no siempre. El soborno ha sido parte de la historia humana desde sus inicios y ha sido descrito como un mal común en toda sociedad organizada de la cual tenemos registro, como Asiria, por ejemplo.[17] El salmo 26 hace referencia al que paga y al que recibe el soborno, que es una de las marcas de las sociedades corruptas donde además reinan la impunidad, la injusticia y el resentimiento que estas infamias producen. Tan común es esto, que en la Biblia existen, además de las denuncias de los profetas, instrucciones y leyes específicas contra el soborno a los jueces (Ex 18:21; 23:8; Dt 16:19). Por eso una marca importante de la piedad con ética es la resistencia al soborno (Sal 15:5).

Si bien las otras culturas del Medio Oriente antiguo “también creían en la ética… no alcanzaron este concepto de un universo moral integrado”, según el cual la ética está “en la matriz de la historia humana y promovía el concepto de los estándares éticos a los cuales Dios también estaba conectado responsablemente.”[18] Nardoni sostiene, sin embargo, que los antiguos más pobres y desamparados también encontraban refugio en los dioses (p.ej., Utu, Nanše, Šamaš, Marduk), a quienes consideraban justos y les clamaban por justicia.[19] Como se puede observar, lo más espeluznante de este pequeño rastreo histórico es que pareciera no haber poder humano capaz de vencer a los corruptos. Quizá por eso el salmo 26 contiene una especie de imprecación soterrada. A diferencia de otros salmos menos restringidos, este orante no desea el mal de los enemigos, sino que él no corra la suerte que supone le vendrá a ellos.

La piedad: 6 y 8. Los versículos 6 y 8 nos acercan un poco más al centro de este quiasmo. Aquí el orante hace referencia al santuario para hablar de la importancia de la piedad en relación con la ética, lo cual une o mantiene juntos tres elementos de la fe que por lo común los creyentes mantenemos separados: piedad, ética y proclamación. Según la estructura del salmo 26, es como si la piedad sostuviera al creyente en medio de los embates de la corrupción y lo habilitara o le diera una especie de permiso, quizá autoridad moral, para proclamar las obras de Dios. Esto mismo lo confirma por un camino diferente el salmo 50, donde el texto como una especie de voz profética les dijera a los hipócritas, “quién eres tú para tener mi palabra en tu boca”.

La morada de Dios se refiere al templo. Sabemos que es habitación de Dios, sin que Dios esté en ningún sentido circunscrito a un edificio. Sin embargo, sabemos también que el mismo templo es sitio de corrupción humana, como lo es nuestro cuerpo. Las actividades de caminar alrededor del altar sugieren que se trata de una persona que es parte de los religiosos, lo cual a su vez indica que no siempre el “pobre” de los salmos es necesariamente una referencia a la condición económica.[20] Si ese es el caso, también es llamativo que lo estén acusando.

Sabemos que quien es honesto es precisamente el que no se lava las manos. Por eso la expresión que se usa aquí amerita una breve explicación. La piedad en este salmo no es una forma de lavarse las manos ante los problemas de corrupción. Se trata más bien de un rito de purificación que no se realiza aislado de las demás cosas que afirma el salmo. Es parte del argumento de inocencia. Nótese el contraste entre “mis manos” (lit. “mis palmas”; heb. kappāy) inocentes y la iniquidad que hay “en sus manos” (heb. bîdêhem).

En este caso se puede observar además la complementariedad entre teología y rito aún si se hace como ejercicio mental o se refiere a algo que se va a hacer físicamente. Existe la petición de limpieza, la cual se dramatiza en el lavamiento de las manos. Desafortunadamente en muchas comunidades cristianas la dramatización de la teología se ha limitado a unas pocas cosas como levantar las manos y cerrar los ojos, pero la tradición cristiana tiene mucha más riqueza que eso.

Piedad, ética y proclamación. Por fin llegamos al centro de la estructura del salmo 26. El centro de un quiasmo no se interpreta como “lo más importante”, sino más bien como el punto focal en un diseño arquitectónico o paisajístico. Es decir el lugar hacia donde apuntan el resto de las partes, las que preceden y las que siguen. Concebido de esta manera, en la interpretación de un quiasmo no tiene caso ver el centro en términos de importancia. Para que haya un centro en una estructura es indispensable que estén otras partes a los lados.

La mayoría de estudios del salmo 26 agrupan los versículos 6-8 como una sola sección,[21] incluyendo análisis más recientes donde se observa la estructura quiástica.[22] Es cierto que estos tres versículos se refieren a una situación en el templo, sea real o imaginada. Sin embargo, me parece que se gana mucho en la interpretación al considerar el versículo 7 como el centro de todo este salmo.

Si miramos el salmo 26 desde el centro hacia afuera, asumiendo que el centro es el v. 7, podríamos tomarlo como una representación de la vida y formularlo de la siguiente manera: Una meta importante de la vida del creyente es proclamar públicamente con voz de gratitud las maravillas de Dios (v. 7). Para poder hacer esto, el creyente habrá de practicar la piedad sin hipocresía y en las formas que tiene a su disposición. Para el orante de este salmo, el templo o el lugar que fuera designado para el culto en su época (no había templo en tiempos de David), representado en el altar de los sacrificios, es el referente esencial de la piedad. Allí habita la gloria de Dios y allí realiza el creyente los ritos correspondientes para dramatizar la teología (versículos 6 y 8). Como bien se ha dicho, la conducta ética es “condición para la participación en un culto válido.”[23]

Al salir de este centro, nos encontramos con un anillo de inseguridad seguido de otro anillo de seguridad. El anillo de inseguridad está en los versículos 4-5 y 9-10. Ambas secciones están marcados por el adverbio “no” en las dos formas que existe en el hebreo bíblico, lōʾ y ʾal). El primero aparece tres veces y el segundo una. Con los tres primeros “nos”, el creyente habla de lo que no ha hecho, como lo dice el salmo 1 en forma de bienaventuranza: no me he sentado con gente falsa, no ando con taimados, no me siento con pecadores. El anillo de la inseguridad representa lo que hacemos por instinto, por gusto y por presión social: mentir, aparentar lo que no somos, ocultar las faltas, desearle el mal a nuestros enemigos y buscar el camino menos dispendioso para obtener seguridad.

Del salmo 26 quizá se cante el v. 8, y se deje el resto por fuera, como se hace con muchos otros salmos y textos bíblicos que tocan asuntos éticos. Este hecho parece confirmar lo que dicen los estudios, que la gente piadosa poca incidencia social tiene en males como la corrupción porque se concentra más en el objeto de su piedad que en las implicaciones éticas de la piedad.[24] Por eso es que cuando la gente religiosa tiene poder, se porta igual o peor que quienes no dicen profesar religión alguna.[25]

¿Qué es lo que le da al creyente autoridad moral para proclamar la palabra de Dios? El salmo 26 responde de manera inequívoca, la integridad. Pero esta integridad es concreta y específica. Se refiere a conductas de las que el creyente no participa y personas con las que no se junta.

Reflexión final

Está demostrado que la corrupción en una sociedad no se erradica con una marcha, una consulta popular, o con leyes, reformas y decretos. Acabar con la cultura de la corrupción en un país significa reemplazar esa cultura por otra, lo cual ninguna ley puede lograr porque, como dice el dicho, “hecha la ley, hecha la trampa”. Las culturas tienen la posibilidad de transformarse cuando por razones de fuerza mayor (guerras totalitarias, desastres devastadores, colapso del estado) los ciudadanos en conjunto se ven obligados a rehacerse como nación, movidos por un ideal y liderados por un abanderado de ese ideal.[26] Pero el creyente no puede sentarse a esperar que eso ocurra. Tiene que tomar decisiones que correspondan a la ética del Dios en quien cree.

Resulta desalentador que en los escasos casos cuando un corrupto es condenado y judicializado, las penas terminan siendo irrisorias gracias a la costumbre de aplicar las penas mínimas y no las máximas, y a la serie de beneficios en conmutación y rebaja de penas que les otorgan a quienes “colaboran con la justicia” y “se portan bien” en la prisión. Si se considerara la cantidad de dinero robado con los daños causados a la sociedad, muchos de ellos en muertes, cuando se trata de salud o de obras de infraestructuras mal hechas y mal señalizadas, tal vez el punto de partida de las penas no debería de ser tan bajo ni las rebajas tan altas.

Ante este panorama, hay muchas decisiones en relación con la corrupción que al creyente le haría bien tomar antes de que se le presente la oportunidad de ensuciarse, cosa que resulta difícil cuando se vive en un lodazal de corrupción. Puede ser que llegada la oportunidad ya sea muy tarde para decidir. Si bien es cierto que el orante del salmo 26 declara su inocencia, la forma como lo hace es afirmando y demostrando que es íntegro.

Podríamos concluir que el salmo 26 no se presenta como una solución global al problema de la corrupción. Simplemente nos deja, en forma de oración, el testimonio de un piadoso íntegro en medio del asedio de los corruptos. Para ello tomó tres decisiones:

1. Incorporó el tema de la corrupción en la oración pública y privada.

2. Le rogó a Dios tres cosas: que lo examinara, lo juzgara y que no lo dejara caer.

3. Resolvió mantenerse íntegro; para ello, evitó a toda costa juntarse con gente corrupta y participar de manera alguna en sus actos de corrupción

Si un grupo de personas hacemos esto, tal vez lleguemos a alguna parte, pero a dónde vamos a llegar, no lo sabemos. Por el momento es importante saber que no estamos vinculados a actos de corrupción que generan pobreza, atraso y muerte. Tal vez algún día se podrá decir que “a más cristianos menos corrupción.” Dios honra la integridad y es poderoso para hacer grandes transformaciones a partir de lo pequeño. De esta integridad, dice el salmo 26, viene la autoridad espiritual para proclamar la palabra de Dios. ¡Cuánto bien nos haría incluir salmos como este en el culto cristiano!

Bibliografía

Acosta, Milton. El mensaje del profeta Oseas. Una teología práctica para combatir la corrupción. Lima: Puma, 2018.

Alonso Schökel, Luis, y Cecilia Carniti. Salmos I. Estella, Spain: Verbo Divino, 1992.

Alonso Schökel, Luis, y Eduardo Zurro. La traducción bíblica: lingüística y estilística. Madrid: Cristiandad, 1977.

Auffret, Pierre. «Dans les assemblées je bénirai YHWH: nouvelle étude structurelle du Psaume xxvi». Vetus Testamentum 56, n.o 3 (2006): 303-12.

Bellinger, William H Jr. «Psalm xxvi: a Test of Method». Vetus testamentum 43, n.o 4 (octubre de 1993): 452-61.

Berlin, Adele. «Parallelism». En Anchor Bible Dictionary, editado por David Noel Friedman, 5:154-62. New York: Doubleday, 1992.

Brueggemann, Walter, y William H. Bellinger Jr. Psalms. New Cambridge Bible Commentary. Cambridge University Press, 2014.

Croft, Steven J. L. The Identity of the Individual in the Psalms. Bloomsbury Publishing, 1987.

El Tiempo. «Cada semana asesinan un líder social en el país». El Tiempo, 18 de abril de 2018. http://www.eltiempo.com/justicia/investigacion/especial-lideres-sociales-asesinados-en-colombia-206316.

Freston, Paul. Evangelicals and Politics in Asia, Africa and Latin America. Cambridge University Press, 2009.

Grayson, A. Kirk. «History and Culture of Assyria». En The Anchor Yale Bible Dictionary, editado por David Noel Freedman, 4:732-55. New Haven: Yale University Press, 2008.

Greengus, Samuel. «Law: Biblical and ANE Law». En The Anchor Bible Dictionary, editado por David Noel Freedman, 4:242-52. New York: Doubleday, 1992.

Ionescu, Luminiţa. «The Construction of Corruption as a Global Problem». Contemporary Readings in Law and Social Justice III, n.o 1 (2011): 166-71.

Kosmala, Hans. «Form and Structure in Ancient Hebrew Poetry». En Poetry in the Hebrew Bible, editado por David E Orton, 1-23. Leiden: Brill, 2000.

Martínez García, Carlos. «La corrupción mata». En Cuando domina la injusticia: abordajes bíblicos, teológicos y pastorales al problema de la corrupción, editado por Juan José Barreda y Nicolás Panotto, 31-44. Puma, 2018.

Mosca, Paul G. «Psalm 26: Poetic Structure and the Form-critical Task». The Catholic Biblical Quarterly 47, n.o 2 (abril de 1985): 212-37.

Nardoni, Enrique. Los que buscan la justicia: un estudio de la justicia en el mundo bíblico. Estella: Verbo Divino, 1997.

Potgieter, Annette. «Psalm 26 and Proverbs: Tracing Wisdom Themes». Verbum et Ecclesia 35, n.o 1 (2014): 1-7.

Ross, Allen P. A Commentary on the Psalms. Vol. 1. Grand Rapids: Kregel, 2011.

Scheidel, Walter. The Great Leveler. Princeton: Princeton University Press, 2017.

Whybray, Norman. Reading the Psalms as a Book. JSOTSup. Sheffield: Sheffield Academic Press, 1996.

Wijaya, Yahya. «Constructing an Anti-Corruption Theology». Exchange 43, n.o 3 (2014): 221-36.

 

 


[1] Quizá algunos cristianos se escudarán con el eslogan “el cristianismo no es una religión sino una relación”. Por mucha convicción que haya en la afirmación, la única manera como puede funcionar es por el uso de una definición privada del término religión, lo cual automáticamente nos saca de la conversación.

[2] Yahya Wijaya, «Constructing an Anti-Corruption Theology», Exchange 43, n.o 3 (2014): 221-36.

[3] Annette Potgieter, «Psalm 26 and Proverbs: Tracing Wisdom Themes», Verbum et Ecclesia 35, n.o 1 (2014): 1.

[4] Allen P. Ross, A Commentary on the Psalms, vol. 1 (Grand Rapids: Kregel, 2011), 609.

[5] Norman Whybray, Reading the Psalms as a Book, JSOTSup (Sheffield: Sheffield Academic Press, 1996), 15.

[6] Véase Luis Alonso Schökel y Cecilia Carniti, Salmos I (Estella, España: Verbo Divino, 1992).

[7] P. ej., Pierre Auffret, «Dans les assemblées je bénirai YHWH: nouvelle étude structurelle du Psaume xxvi», Vetus Testamentum 56, n.o 3 (2006): 303-12.

[8] Adele Berlin, «Parallelism», en Anchor Bible Dictionary, ed. David Noel Friedman, vol. 5 (New York: Doubleday, 1992), 154-62.»

[9] Paul G Mosca, «Psalm 26: Poetic Structure and the Form-critical Task», The Catholic Biblical Quarterly 47, n.o 2 (abril de 1985): 212-37.

[10] Hans Kosmala, «Form and Structure in Ancient Hebrew Poetry», en Poetry in the Hebrew Bible, ed. David E Orton (Leiden: Brill, 2000), 1-23.

[11] William H Jr Bellinger, «Psalm xxvi: a Test of Method», Vetus testamentum 43, n.o 4 (octubre de 1993): 456-57.

[12] Luis Alonso Schökel y Cecilia Carniti, Salmos I (Estella, Spain: Verbo Divino, 1992), 428.

[13] Luis Alonso Schökel y Eduardo Zurro, La traducción bíblica: lingüística y estilística (Madrid: Cristiandad, 1977).

[14] Walter Brueggemann y William H. Bellinger Jr., Psalms, New Cambridge Bible Commentary (Cambridge University Press, 2014), 136-37.

[15] Luminiţa Ionescu, «The Construction of Corruption as a Global Problem», Contemporary Readings in Law and Social Justice III, n.o 1 (2011): 166-71.

[16] El Tiempo, «Cada semana asesinan un líder social en el país», El Tiempo, http://www.eltiempo.com/justicia/investigacion/especial-lideres-sociales-asesinados-en-colombia-206316, último acceso 18 de abril de 2018.

[17] A. Kirk Grayson, «History and Culture of Assyria», en The Anchor Yale Bible Dictionary, ed. David Noel Freedman, vol. 4 (New Haven: Yale University Press, 2008), 732-55.

[18] Samuel Greengus, «Law: Biblical and ANE Law», en The Anchor Bible Dictionary, ed. David Noel Freedman, vol. 4 (New York: Doubleday, 1992), 242-52.

[19] Enrique Nardoni, Los que buscan la justicia: un estudio de la justicia en el mundo bíblico (Estella: Verbo Divino, 1997), 29-31.

[20] Steven J. L. Croft, The Identity of the Individual in the Psalms (Sheffield: Bloomsbury Publishing, 1987), 49-72.

[21] Mosca, «Psalm 26», 218.

[22] Auffret, «Dans les assemblées je bénirai YHWH».

[23] Alonso Schökel y Carniti, Salmos I, 429.

[24] Wijaya, «Constructing an Anti-Corruption Theology»; Carlos Martínez García, «La corrupción mata», en Cuando domina la injusticia: abordajes bíblicos, teológicos y pastorales al problema de la corrupción, ed. Juan José Barreda y Nicolás Panotto (Puma, 2018), 31-44.

[25] Paul Freston, Evangelicals and Politics in Asia, Africa and Latin America (Cambridge University Press, 2009); Milton Acosta, El mensaje del profeta Oseas. Una teología práctica para combatir la corrupción (Lima: Puma, 2018).

[26] Walter Scheidel, The Great Leveler (Princeton: Princeton University Press, 2017).

[la_block id="653"]

Escribe lo que deseas buscar...

Shopping Cart