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La herencia en el Antiguo Testamento y su relación con la tierra prometida

El reposo prometido ayer, hoy y para siempre en la epístola a los Hebreos

Quinta conferencia:

La herencia en el Antiguo Testamento 

y su relación con la tierra prometida

Dana M. Harris, Ph.D.

Obtuvo su doctorado en Nuevo Testamento del Trinity Evangelical Divinity School en Illinois, Estados Unidos, donde ahora es profesora, con la disertación “La apropiación del tema de la herencia en el Antiguo Testamento por el autor del libro de Hebreos”. Sus otros intereses académicos incluyen Apocalipsis, idioma griego, lingüística, hermenéutica, literatura del segundo templo y arqueología.

En calidad de profesora extranjera invitada, presentó el seminario “El reposo prometido ayer, hoy y para siempre en la epístola a los Hebreos” en la FUSBC, del 3 al 6 de abril de 2018. Ventana Teológica publica la transcripción de sus conferencias. En este número se publica su quinta conferencia “La herencia en el Antiguo Testamento y su relación con la tierra prometida”.

Introducción

La prevalencia del lenguaje de herencia es sorprendente en la epístola a los Hebreos. Nuestra próxima sesión se dedica a la herencia en Hebreos. Pero con el fin de entender la herencia en Hebreos, necesitamos explorar la trayectoria del tema de la herencia a través del Antiguo Testamento. Como quiera que el tratamiento de este tema en el Antiguo Testamento es bastante amplio, tenemos que ser selectivos. Ese trasfondo nos ayuda a entender que aun en el Antiguo Testamento la herencia nunca estuvo limitada a la tierra, sino que siempre se orientó más allá de ella.

Una parte clave del tema de la herencia en Hebreos tiene que ver con las promesas de Dios, que inicialmente fueron articuladas a Abraham, pero progresivamente fueron aclaradas y refinadas. Como veremos, estas promesas llegaron a asociarse con una rica agrupación de temas relacionados, tales como el pacto, el juramento y el tabernáculo—que también son importantes en Hebreos. Eventualmente, esta herencia se entiende en términos de varias trayectorias tipológicas, tales como la naturaleza del reposo del Sábado y la presencia de Dios en Sion, que se desarrollan de manera significativa en el Antiguo Testamento.

El tema de la herencia en el Antiguo Testamento comienza con la promesa dada a Abraham, la cual se centra alrededor de tres componentes fundamentales e interrelacionados: la tierra, los descendientes y la presencia de Dios. El desarrollo posterior de la promesa registrada en el Pentateuco agrega nuevas facetas, tales como el pacto, el juramento y el tabernáculo. Estrechamente relacionada con el componente de la tierra está la promesa del reposo. Posteriormente, durante la monarquía davídica, el arca encuentra su “lugar de reposo” en el templo. En vista del exilio y la destrucción del templo, la herencia de la tierra es reformulada en términos de un templo restaurado, Jerusalén o Sion en una tierra renovada o restaurada, representada en la promesa de cielo nuevo y tierra nueva, especialmente en Isaías 65-66. La promesa de los herederos también se desarrolla—desde los patriarcas hasta la nación de Israel, y eventualmente hasta el rey davídico. Después del exilio, la promesa de los descendientes se asocia, de manera creciente, con el remanente justo y el Mesías davídico.

Comenzamos rastreando la promesa que se enfoca en la tierra, desde cuando fue dada a Abraham hasta su cumplimiento parcial en Josué. Miramos los temas claves que surgen en el proceso. Luego, rastreamos el desarrollo de la herencia prometida con David y la construcción del templo por Salomón. Finalmente, miramos brevemente el desarrollo del tema de la herencia y temas relacionados, tales como Sion, en el Salmo 2 y algunos pasajes en Isaías.

Pero primero es oportuno hacer un comentario rápido acerca de las palabras usadas para “herencia” en el Antiguo Testamento. Es importante entender que la palabra que en el idioma hebreo se utiliza para “herencia” puede ser usada para indicar la tierra como la herencia de Israel (Jos 23:4; Sal 78:55; 105:11; 1Cr 16:18; 136:21; Jer 12:14) y también como la herencia propia de Dios (Sal 68:10; Jer 2:7; 16:18). Dios mismo es descrito como la herencia de Israel (Jos 22:19), e Israel es la herencia de Dios (Dt 4:20; 32:9; Jer 12:8). Aquí ya nos damos cuenta que el concepto de herencia no se limita a la tierra. La herencia en el Antiguo Testamento es mucho más rica que la tierra. Más aún, la relación entre Dios y la herencia agrega el elemento de santidad al tema de la herencia. Adicionalmente, dado que Dios es el creador de la tierra (Jer 27:5), solo él es el verdadero dueño (Lv 25:23), y por consiguiente, solo él puede “dar” la tierra.

Las promesas a Abraham y su cumplimiento parcial—Génesis hasta Josué

Como he mencionado varias veces, el tema de la herencia en el Antiguo Testamento está arraigado en la promesa dada a Abraham y luego a Isaac y a Jacob. El Pentateuco registra el cumplimiento inicial de esta promesa, enfocándose en los primeros descendientes tanto en Génesis como en la primera parte del libro de Éxodo, y luego en la promesa de la tierra, que se relaciona de manera inseparable con la presencia de Dios, en el resto del libro de Éxodo hasta Josué. Como veremos, el cumplimiento de la herencia de la tierra inició pero no se completó con la Conquista.

La promesa de Dios fue articulada primeramente a Abram, como es llamado en este punto de la narrativa bíblica, en Gn 12:1-9. La promesa luego es reafirmada en Gn 13:14-18; 15:1-21; 17:1-21; y 22:9-19. El contexto de Génesis 12 es importante: las bendiciones prometidas a Abraham están directamente relacionadas con los eventos registrados en Génesis 1-11. El punto moral muy bajo de Babel empieza a revertirse por la promesa de un nuevo comienzo que es dada a Abraham. Babel representa lo totalmente opuesto a las intenciones de Dios para la humanidad. En lugar de propagarse a lo largo de la creación y extender el gobierno de Dios, la humanidad se congrega intentando hacerse un nombre para sí misma y construir una torre hasta Dios. Esto significa que estaban tratando de tener una relación con Dios en sus propios términos y para su propia gloria. El Señor entonces dispersa al pueblo y confunde sus lenguas. El camino a seguir desde este punto moral muy bajo es sorprendente. En lugar de lidiar directamente con toda la humanidad, Dios escoge a un individuo, Abraham, como eventualmente Dios lo llama (Gn 17:5), y a quien le da varias promesas.

En Gn 12:2-3, Dios dice que él 1) haría de Abram una nación, 2) bendeciría a Abram, 3) engrandecería el nombre de Abram, 4) haría que Abram fuese instrumento de bendición, 5) bendeciría a quienes bendijeran a Abram, 6) maldeciría a quienes maldijeran a Abram y 7) bendeciría a todas las familias de la tierra a través de Abram. Todos estos elementos esenciales de la promesa divina—tierra, herederos y la presencia de Dios—aparecen en Génesis 12; cada articulación posterior expande su alcance y lo confirma; frecuentemente cuando el cumplimiento parece estar amenazado.

En Génesis 15, la amenaza aparece con la falta de un heredero y se supera con la declaración de Dios de que el heredero prometido vendría de la simiente del propio cuerpo de Abram. Más aun, los descendientes de Abram serían incontables (versículo 5). La fe de Abram, destacada en el versículo 6, se encuentra con una renovación de la promesa de la tierra en el versículo 7. La certeza de esta promesa es formalizada con un pacto, como se registra en el versículo 18. Trece años más tarde, después de la amenaza que representó el nacimiento de Ismael (Génesis 16), la promesa es reafirmada y expandida en Génesis 17. No solo los descendientes de Abraham serían incontables sino que incluirán naciones y reyes, como se registra en Gn 17:6. La tierra es ahora identificada como toda la tierra de Canaán en el versículo 8.

El nacimiento milagroso de Isaac, el hijo prometido, se registra en Gn 21:2. Este nacimiento representa el primer cumplimiento tangible de la promesa divina. Aunque el mandato de sacrificar a Isaac pareciera anular la herencia prometida, esa prueba revela la confianza plena de Abraham en la fidelidad de Dios. La afirmación final de la promesa a Abraham aparece en Gn 22:15-18, donde se confirma con juramento divino. Comentaremos este asunto en conexión con Hebreos 6 más adelante.

La promesa es dada posteriormente a Isaac en Gn 26:1-5, y a Jacob en Gn 28:13-15. Al salir Jacob de Canaán hacia Egipto, el Señor le asegura que sus descendientes regresarían (Gn 46:3-4). El deseo de Jacob de ser enterrado en Canaán (Gn 49:29-32), cuyo cumplimiento se registra en Gn 50:4-14, muestra su confianza en la promesa relacionada con la tierra. Así también, aunque Génesis 50 finaliza con los herederos de la promesa por fuera de la tierra prometida, el deseo de José al morir de que sus huesos sean enterrados en Canaán (Gn 50:25) apunta al cumplimiento futuro de la promesa de la tierra.

El libro de Éxodo inicia con indicaciones claras de que la promesa de los descendientes estaba cumpliéndose—consideren Éx 1:7, que dice, “pero los hijos de Israel fueron ampliamente fecundos, y se multiplicaron y llegaron a ser poderosos en gran manera, y la tierra se llenó de ellos”. Sin embargo, los descendientes de Abraham eran esclavos fuera de la tierra prometida. Así que Dios se reveló a Moisés en Horeb, el monte de Dios, como Yavé, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, y anuncia su intención de liberar a Israel en Éx 3:1-9. Después del primer encuentro con el faraón, el Señor se reveló aun más a Moisés en términos de la promesa y pacto abrahámicos; consideren Éx 6:4-5: “También establecí mi pacto con ellos, de darles la tierra de Canaán, la tierra donde peregrinaron. Y además, he oído el gemido de los hijos de Israel, porque los egipcios los tienen esclavizados, y me he acordado de mi pacto”. Estos versículos proveen la conexión entre la liberación de los descendientes de Abraham por parte de Dios, que ahora son identificados como el pueblo de Dios en Éx 3:7; 6:6-7, y la tierra prometida. Además, la tierra prometida se describe ahora con imágenes edénicas—como “una tierra buena y espaciosa, una tierra donde fluye leche y miel” (e.g. Éx 3:8).

El éxodo milagroso de Egipto llevó a Moisés a ofrecer una canción de alabanza, “el Canto de Moisés” en Éxodo 15, que alaba a Dios, el guerrero divino, que ha liberado a Israel (v. 16). El himno también alaba a Dios por establecer a su pueblo redimido en el monte de su heredad, que también es descrita como el lugar de su morada. El himno finaliza afirmando el reinado eterno de Dios (v. 18).

Después de tres meses en el desierto, las personas llegaron a la “montaña”, que es el Monte Sinaí, lo cual está registrado en Éxodo 19. El objetivo inmediato del éxodo era adorar al Señor, como Moisés afirmó muchas veces cuando confrontó al faraón. Ahora este objetivo ha sido alcanzado. Éxodo 19:5 describe al pueblo como el tesoro de Dios, una posesión especial de “entre todos los pueblos”. Esta relación única ya se había insinuado con el uso de pronombres personales, tales como “mi primogénito” en Éx 4:22 y la repetición de la expresión “Yo soy el Señor tu Dios quien te sacó de Egipto”, como por ejemplo en Éx 20:2.

Cuando pasamos del libro de Éxodo a Levítico, encontramos un concepto fundamental para el tema de la herencia. Esta es la convicción de que, aunque Dios da la tierra a su pueblo como una herencia permanente, la tierra siempre pertenece a él. Levítico 25:23 dice, “la tierra no se venderá en forma permanente, pues la tierra es mía; porque vosotros sois solo forasteros y peregrinos para conmigo”. Así que, aunque los israelitas ocupan y poseen la tierra, solo el Señor es dueño de ella. El hecho de que la tierra le pertenece a Dios significa que ella es santa y aquellos que ocupan la tierra en una relación de pacto con Dios también son santos.

En el libro de Números, se reanuda la narrativa del peregrinaje de Israel hacia la tierra. Ahora el pueblo se entiende como un ejército santo siguiendo a Dios. La partida desde el Sinaí confirma que Dios no es solo “el Dios del Sinaí”, sino de todo el mundo. Números está estructurado alrededor de dos censos; ambos deben entenderse en relación a la promesa de la tierra. El primer censo en Números 1 sugiere que la entrada en la tierra está muy cercana. El reporte de los espías en Nm 13:26-27 confirma la bondad de la tierra prometida, como ya mencionamos cuando repasamos Hebreos 3. El fracaso del pueblo, registrado en Números 14, de no confiar que Dios los llevaría a la tierra buena que él les había prometido es tan estremecedor que no se puede exagerar. El segundo censo en Números 26 confirma que “una generación completamente nueva” ha surgido y crea el escenario para la adjudicación de la tierra, de acuerdo a cada tribu, antes de ocuparla formalmente. Porque la tierra es finalmente de Dios, solo él puede distribuirla entre las tribus individuales. Las herencias adjudicadas fueron distribuidas equitativamente y el derecho de cada tribu a su herencia era inalienable, afirmando la verdad expresada en Lv 25:23, a saber, que la tierra pertenece a Dios.

La tierra prometida se convierte en el punto central de Deuteronomio. A diferencia de Números, que se centra en las asignaciones tribales, la herencia en Deuteronomio se refiere casi exclusivamente a la tierra como un todo. La bondad de la tierra se describe con imágenes edénicas de agua abundante, valles y colinas pastoriles, y riqueza agrícola: consideren Dt 8:7-10: “ Porque el Señor tu Dios te trae a una tierra buena, a una tierra de corrientes de aguas, de fuentes y manantiales que fluyen por valles y colinas; una tierra de trigo y cebada, de viñas, higueras y granados; una tierra de aceite de oliva y miel; una tierra donde comerás el pan sin escasez, donde nada te faltará; una tierra cuyas piedras son hierro, y de cuyos montes puedes sacar cobre. Cuando hayas comido y te hayas saciado, bendecirás al Señor tu Dios por la buena tierra que Él te ha dado”. Al igual que la descripción en Éxodo, allí “fluye leche y miel” (Dt 6:3). Adicionalmente, el regalo de la tierra está estrechamente asociado con las promesas dadas a Abraham en Deuteronomio; esta asociación ayuda a enfatizar la posesión de la tierra por parte de Israel, hecha posible por Dios.

La condición de primogenitura de Israel implicaba responsabilidades de pacto. La obediencia resultaría en bendición, mientras que la desobediencia traería maldición. Tanto las bendiciones como las maldiciones se establecen en relación a la tierra. Así, las bendiciones incluyen lluvia (Dt11:14) y cosecha (Dt 7:13). La desobediencia eventualmente generaría la pérdida de la tierra, como se esboza en Deuteronomio 11:17; 28:64-68. Sin embargo, el arrepentimiento resultaría en restitución de la misma como se esboza en Dt 4:27; 28:62; cf. Dt 30:1-20. De manera que la vida en la tierra estaba inextricablemente unida a la relación con Yavé.

Del Pentateuco, nos movemos al libro de Josué que describe la entrada inicial a la tierra y la conquista. En muchas formas, esto parece representar el cumplimiento de las promesas de Dios a Abraham. De hecho, Jos 21:43-45 describe la conquista en términos de cumplimiento completo de las promesas de Dios, sugiriendo que toda la tierra había sido sometida y poseída. El muy anticipado “reposo” que es descrito en Josué 1:13-15 parece haberse alcanzado por fin en Jos 22:4; 23:1. Sin embargo, estas narrativas no representan la conquista y posesión completas de la tierra sino solamente ocupaciones localizadas. El registro en Josué enfatiza que Dios fue fiel a sus promesas y que Josué también fue fiel. De manera que el fracaso en ocupar la tierra recae enteramente en el pueblo, quien se apartó de su responsabilidad de poseer sus asignaciones tribales. Para el tiempo cuando se llega al libro de Jueces, las personas comienzan a perder la posesión de partes de la tierra asignada debido a su desobediencia. Aquí hacemos una pausa en nuestro sondeo de los primeros seis libros del Antiguo Testamento. Ya debe ser claro que el tema de la herencia incluye un número de temas interrelacionados, tales como el pacto, el tabernáculo, y el reposo. Ahora consideramos algunos de estos temas, comenzando con la promesa y el pacto.

    Promesa y pacto. Hemos visto que la promesa abrahámica es confirmada con un pacto en Génesis 15 y con un juramento en Génesis 22. He enfatizado que la promesa a Abraham se formaliza con un pacto y que el juramento de Dios muestra que esta promesa es inquebrantable. El pacto abrahámico entonces se vuelve la base para la seguridad del éxodo y de la posesión de la tierra por parte de Israel. Éxodo 19-24 describe el pacto de Dios con la nación de Israel. Los eventos que llevan al Sinaí muestran la relación clara entre el regalo que Dios hace de la tierra, su presencia santa, y su elección de Israel. Todas estas realidades preceden la promulgación de la ley. De manera que el pacto del Sinaí se fundamenta en la relación existente entre Dios y su pueblo. Su ley presupone la posesión de la tierra y de esa manera prescribe la conducta que se requiere de aquellos que habitan en ella.

Santuario y presencia divina. También relacionado estrechamente con el pacto de Dios está el santuario y las leyes asociadas a él. El tabernáculo representa el cumplimiento de la promesa del pacto de que Dios habitaría con su pueblo y sería su Dios, y que ellos serían su pueblo, como se repite a menudo en el Pentateuco, por ejemplo, en Lv 26:11-13. La promesa de que Dios habitaría con su pueblo aclara el vínculo inseparable entre la tierra, la presencia de Dios, y la adoración. El fuerte contraste entre la adoración verdadera y la adoración falsa es acentuado con el desastre del becerro de oro, cuando el pueblo hace su propio dios con el oro que habían traído de Egipto y lo adora. Este registro triste aparece en Éxodo 34 e interrumpe severamente el enfoque en el tabernáculo en Éxodo 24—40. Esta violación del pacto impone una renovación del mismo antes de que la construcción del tabernáculo pudiera comenzar.

El tabernáculo era la expresión visible de la adoración de Israel a su rey santo quien los gobernaba de manera redentora y los guiaba de manera victoriosa. El tabernáculo también trae a la memoria la experiencia de la presencia de Dios que Adán y Eva disfrutaban antes de la caída. Un vínculo entre el tabernáculo y el Edén que cautiva poderosamente la atención es el reposo que resulta de la culminación de la creación y de la terminación del tabernáculo. Así, mientras el pueblo peregrinaba a la tierra, el reposo asociado con el tabernáculo podría también describirse como el “lugar de la morada de Dios”.

Sábado y reposo. La intersección entre adoración, el tabernáculo y el reposo edénico es particularmente evidente en la conexión estrecha entre el tabernáculo y el Sábado; conexión presentada inmediatamente después de la revelación del plan de construcción del tabernáculo en Éx 31:12-17, y nuevamente justo antes de la construcción del tabernáculo en Éx 35:2-3.

Éx 20:8-11 explica el Sábado en términos del reposo propio de Dios después de la creación, aludiendo a Génesis 1:1—2:4. Estrictamente hablando, Gn 2:2 no se refiere al Sábado, sino al séptimo día—el término Sábado, no obstante, se deriva del verbo hebreo usado para denotar la cesación, por parte de Dios, de su obra de la creación. Sin embargo, este reposo no implica inactividad. La yuxtaposición del primer registro de la creación en Gn 1:1-2:3, que presenta la creación desde la perspectiva de Dios, con el segundo registro de la creación en Gn 2:4-25, que se enfoca en la humanidad, sugiere una relación entre el “reposo” de Dios y las intenciones de Dios para la humanidad. Así que el reposo de Dios no es el fin de la creación, sino mas bien la preparación para el trabajo diseñado para la humanidad. Es plausible que el dominio encomendado a Adán y Eva tiene el propósito de expandir el gobierno de Dios sobre toda la creación. Al basar el Sábado en el reposo propio de Dios, se le recordaba a Israel la intención original de Dios para la humanidad de adorarle que se reflejaba también en su condición de “nación santa” y “real sacerdocio”.

    Más comentarios en cuanto a la tierra. El hilo que conecta el pacto, el tabernáculo, y el Sábado es claramente la tierra. Como hemos visto, la intención nunca fue que se entendiera la posesión de la tierra por parte de Israel separada del hecho de que la tierra fue un regalo divino. Una de las facetas más importantes de este regalo es el reposo, el cual era visto con la presencia del tabernáculo mientras peregrinaba junto con el pueblo por el desierto. En Deuteronomio, esta conexión se cristaliza en la tierra y se asocia con la idea de la seguridad en relación con los enemigos de uno (ver por ejemplo, Dt 12:10; cf. 3:20; 25:19).

El reposo que la tierra ofrece incluye el reposo con relación a  los enemigos, así como el reposo por la presencia de Dios (ej. Dt 12:9-11). El reposo permite a Israel adorar a Dios en el lugar que él ha escogido para que habite su nombre. Así como el reposo y el Sábado se orientan de regreso a la creación, también el reposo en la tierra se orienta de regreso al huerto de Edén. Esto es evidente en el lenguaje edénico usado para describir la tierra. Cuando notamos estas conexiones, comenzamos a ver que poseer la tierra anticipa el entrar en el reposo eterno de Dios. De manera que aun desde el comienzo de la ocupación de la tierra, ella simbolizaba algo mucho más grande que meramente poseerla en sí misma.

    Resumen. Es evidente que la ocupación de la tierra representaba un cumplimiento significativo de la promesa a Abraham. Sin embargo, las imágenes del Edén asociadas con la tierra indican que en última instancia el cumplimiento de la herencia prometida no se agotaba con la ocupación de la tierra, sino que apuntaba a algo más. De hecho, las conexiones tipológicas entre el tabernáculo y el Sábado con el Edén no solo apuntan hacia atrás a la creación, sino también hacia adelante al cielo nuevo y a la tierra nueva. Este cumplimiento, de última instancia, de las promesas a Abraham es captado claramente por el autor de Hebreos, quien entiende que Abraham estaba mirando más allá de la tierra a la ciudad de Dios. Antes de examinar este tema en Hebreos, observemos el tema de la herencia a través de la segunda mitad del Antiguo Testamento.

La herencia y la monarquía – 1 Samuel hasta 2 Crónicas

Ahora examinamos brevemente el desarrollo del tema de la herencia en el establecimiento del reino de David y la construcción del templo de Salomón. Estos eventos se presentan después del registro que hace el libro de Jueces de las disminuidas fronteras de Israel y la caída en una pecaminosidad cada vez más profunda que confirma que la posesión de la tierra y su retención estaban estrechamente interconectadas con la obediencia al pacto.

La conquista de Jerusalén por parte de David, registrada en 2 Samuel 5, permite establecerla como la capital de “todo Israel” (2S 5:1-16; 1 Crónicas 11:1-9). La mención de los hijos de David, nacidos en Jerusalén, es indicativa de la bendición y la aprobación por parte de Dios. La victoria sobre los filisteos fue finalmente alcanzada (2 Samuel 5:17-25),  confirmando así que David era el rey ungido de Dios. Jerusalén fue entonces designada como Sion, la ciudad de David (2 Samuel 5:7; 1 Crónicas 11:5). Tanto 2 Samuel 6 como 1 Crónicas 16 registran la adoración que acompañó el traslado del arca a la nueva capital.

Con el arca en Jerusalén y el “reposo” aparente que, con relación a sus enemigos, Dios le había dado a David, consignado en 2 Samuel 7:1, se entiende claramente el deseo de David de construir en Jerusalén un lugar para que el arca estuviera de manera permanente. La mención de la “casa” en el versículo 1 señala el enfoque de todo el pasaje; la “casa” se refiere tanto al templo que David se propuso construir para Dios como la dinastía que Dios establecería a partir de David. De manera similar a la promesa a Abraham, Dios le asegura a David que él tendría un gran nombre (2S 7:9; 1Cr 7:8) y que Israel tendría un lugar para habitar seguro (2S 7:10; 1Cr 7:9). El aspecto clave para notar aquí es la reafirmación de las promesas abrahámicas a David y la nueva promesa de que Dios establecería una “casa” eterna a partir de David.

El escritor de Crónicas introduce su registro de la construcción del templo con dos discursos de David, en 1Cr 22:2-19 y 28:1-21. Primera de Crónicas también registra los muchos preparativos para la construcción del templo (1 Cr 22:14–16 y 23 al 27). En sus discursos, David enfatiza la necesidad de la obediencia al pacto. De hecho, su encargo de “poseer la buena tierra” es usado, no en conjunción con la conquista de la tierra, sino relacionado con la retención de la misma.

La proliferación y prosperidad de Judá e Israel son descritas en 1R 4:20; las grandes dimensiones del reino son presentadas en 1R 4:21. La primera parte del reinado de Salomón se presenta, de muchas formas, como un cumplimiento ideal de las promesas dadas a Abraham. Más aún, este registro es indicativo de que el “reposo” requerido antes de que la construcción pudiera comenzar, ya se había logrado. La imagen de vides e higueras en 1R 4:25 también sugiere que el reino de Salomón representa una restauración del Edén. 1R 6:1 señala la significación de la construcción del templo al fechar su inicio con relación al éxodo, vinculando así dos de los eventos más grandes en la historia de Israel. La terminación del templo en muchas formas representa el punto más destacado del reinado de Salomón y de la historia de la nación. El traslado del arca de la tienda de David al templo se registra en 1R 8:1-11 (ver también 2 Crónicas 5). Esta acción finalmente permite la ubicación del arca en su muy anticipado lugar de descanso (2Cr 6:41). Con el arca en el lugar santísimo, la nube de gloria llenó el templo según 1R 8:10-11 (2Cr 5:13-14). Esto nos recuerda el acontecimiento similar con relación al tabernáculo, registrado en Éxodo 40. Esta nube de gloria indicaba la aprobación de Dios.

Cuando Salomón dedicó el templo, su discurso y oración, que se registra en 1R 8:14-21 (2Cr 6:4-11), alude a la promesa que Dios hizo a David. Salomón, además, resalta el templo como lugar donde mora el nombre de Dios. Habíamos indicado que Deuteronomio registra la representación de la tierra como el lugar donde moraría el nombre de Dios. Nótese que la oración no indica que Dios de alguna forma vivía en el templo; de manera que esta oración también enfatiza la trascendencia de Dios con la referencia repetida a la verdadera morada de Dios en el cielo, tal como se encuentra en 1R 8:30, 39, 43, 49. Las bendiciones y maldiciones del pacto en las siete peticiones de Salomón traen a la memoria y sintetizan el pacto del Sinaí.

Uno podría ser tentado a concluir que el templo representa el cumplimiento en última instancia de las promesas a Abraham. Pero tristemente, este punto cimero de adoración se precipita hasta un punto muy bajo en la adoración idólatra por parte de Salomón (1R 11:7-8). En tan solo una generación, los conflictos y la idolatría hacen que el reino se divida y que eventualmente tanto Israel como Judá sean llevadas al exilio.

Este breve sondeo de David y Salomón muestra que los temas relacionados con la herencia abrahámica, tales como el pacto y la morada de Dios, se asumen y desarrollan en la era davídico-salomónica. El tema del reposo es especialmente prominente. Ahora comentamos más ampliamente este tema, primero con relación a David y luego con relación a Salomón, prestando atención, de manera particular, a la significación del pacto davídico y del templo para el tema de la herencia.

    David y el descanso en cuanto a los enemigos. 2 Samuel 7:1 sugiere que la unificación de Israel y las victorias de David lograron el reposo que había sido prometido en Deuteronomio. De hecho, el texto bíblico señala que David había logrado descanso (reposo) con relación a sus enemigos. Existen, sin embargo, algunas indicaciones sutiles y a la vez significativas de que ese no era el caso. Por ejemplo, note que la afirmación relacionada con el reposo que Dios le había dado a David en cuanto a sus enemigos según 2S 7:1 es seguida, casi inmediatamente (v. 11), por la promesa explícita de que Dios daría reposo a David. Aunque Dios había dado reposo a David con relación a sus enemigos, la promesa del reposo futuro de David indica que el reposo que David había experimentado hasta ese momento no debía entenderse como el cumplimiento final de la promesa del reposo. De manera que quedaba pendiente un reposo que David aun no había experimentado. Esto es confirmado con el resto de la vida de David, llena de batallas y de conflictos familiares.

El uso de la palabra “lugar” en 2S 7:10 y 1Cr 17:9 también es significativo: “Asignaré también un lugar para mi pueblo Israel, y lo plantaré allí a fin de que habite en su propio lugar y no sea perturbado de nuevo”. El tiempo verbal en hebreo aquí puede entenderse en una de dos formas. Algunas traducciones tratan los verbos aquí como refiriéndose al pasado, lo cual indicaría que el “lugar” del que se habla aquí es la tierra. Considero que la traducción que entiende los verbos aquí como referidos al futuro refleja mejor el hebreo. Si mi consideración es correcta, el texto de estos versículos es extraordinariamente sorprendente. Algunas veces, las personas piensan que la conquista de Jerusalén por parte de David y su victoria sobre los filisteos aseguró la promesa del reposo y la posesión de la tierra. Pero si esto fuera cierto, entonces ¿por qué las palabras de Dios a David hablan de un lugar de seguridad en el futuro? Así pues, el pasaje indica que el lugar en el que el pueblo de Dios habitaría seguro en su presencia seguía siendo una promesa futura aún durante el reinado de David.

Ahora me gustaría hacer algunos comentarios acerca del pacto davídico. Aunque la palabra “pacto” no es usada en 2 Samuel 7 ni en 1 Crónicas 11, la promesa dinástica era claramente entendida por David como un pacto eterno, como se indica en 2S 23:5. También se entendió así en los salmos y en la literatura profética. La oración de dedicación de Salomón describe la promesa davídica en términos de un pacto (1R 8:23). De manera significativa, 1Cr 17:14 une la promesa davídica con la perpetuidad del reino de Dios.

Por lo general hay acuerdo de que el pacto davídico representa un pacto promisorio, en el mismo sentido que el pacto abrahámico. En otras palabras, tanto el pacto abrahámico como el davídico son realmente promesas y no son como el pacto bilateral del Sinaí en el que el pueblo se compromete a guardar los mandamientos de Dios. De hecho, el pacto davídico se puede entender como una extensión del pacto abrahámico. Esto explicaría también por qué elementos del pacto abrahámico son reafirmados en el davídico, incluyendo la promesa de un nombre grande y muchos descendientes. Sin embargo, también es posible ver cómo el pacto davídico confirma y hasta cierto punto cumple el pacto del Sinaí. Ciertamente, el deseo de David de traer el arca a Jerusalén, arca tan íntimamente asociada con el Sinaí, es el telón de fondo para el pacto davídico. De esta manera los dos pactos, el sinaítico y el davídico, están estrechamente ligados. Este vínculo se indica también por la transferencia de términos de “hijo” usados para referirse a Israel (Éx 4:22) y ahora referidos al linaje de David como veremos en el Salmo 2.

La naturaleza eterna del pacto davídico se hizo cada vez más prominente, especialmente en vista del exilio, cuando el pueblo fue expulsado de la tierra. Así, el salmo 89, una reflexión teológica posterior sobre la promesa davídica, no solo entiende la promesa como un pacto, sino que también expande el alcance del pacto—el rey davídico será el más grande en la tierra (v. 27). La creación misma da fe de la naturaleza eterna del pacto (vv. 28-29, 36). Esta comprensión de la dinastía davídica impulsó crecientes expectativas mesiánicas, especialmente de cara a los fracasos sucesivos de los reyes davídicos. Este es un punto importante para captar: la naturaleza eterna del pacto davídico comenzó a ser entendido durante el exilio en términos tanto escatológicos como mesiánicos. En otras palabras, la expectativa no era regresar a la tierra y al rey; por el contrario, muchos escritos comenzaron a entender la tierra en términos cósmicos, tales como “hasta los confines de la tierra”. Adicionalmente, el rey davídico comenzó a entenderse en línea con el Mesías prometido, y no meramente como un rey humano.

    Salomón y el reposo para la construcción del templo. Como se indicó anteriormente, las campañas bélicas de David lograron el reposo con relación a los enemigos de Israel. Eventualmente ese logro dio lugar a que Salomón tuviera el reposo necesario para la construcción del templo. Este punto se enfatiza repetidamente en Primera de Crónicas. 1Cr 22:9 registra parte del encargo privado de David a Salomón y no tiene paralelo en cuanto a la vinculación del nombre de Salomón con su naturaleza, a saber, su estrecha relación a la palabra hebrea shalom, identificando a Salomón como un hombre de reposo. Durante su reinado, Dios le daría reposo y habría paz para Israel. Sin embargo, a pesar de este aparente cumplimiento del reposo prometido, la vida posterior de Salomón y la historia consiguiente de Israel muestran que el reposo bajo Salomón tampoco fue, en última instancia, el reposo prometido.

La parte más importante de la vida de Salomón para nuestra temática es la construcción del templo. El templo como la morada de Dios fue anticipado por el tabernáculo del Sinaí. El hecho que el tabernáculo estuviera ubicado dentro del templo, como se muestra en 1R 8:4 (2 Cr 5:5) señala la continuidad entre los dos. No obstante, mientras el tabernáculo representaba la presencia de Dios con el pueblo peregrinando hacia la tierra prometida, el templo representa su reposo con su pueblo en la tierra prometida.

Como se mencionó brevemente, había muchos paralelos entre el tabernáculo y la creación. Estos paralelos se amplían con la construcción del templo. Así, los siete años que Salomón tomó para completar el templo (1R 6:38) son paralelos a los siete días de la creación (Gn 2:2). De la misma manera como el reposo de Dios señaló su victoria sobre el desorden y el vacío antes de la creación, así también el reposo asociado con el templo vino después de que Dios sometió a los enemigos de Israel a través de David, representando victoria sobre un tipo diferente de caos. Así como Dios reposó el séptimo día, también el arca encontró su lugar de reposo cuando Salomón terminó el templo (2Cr 6:40-41). El templo como lugar de reposo de Dios permite que los sacrificios y la adoración levíticos se realicen en forma que no había sido posible antes.

Al mismo tiempo, ese logro glorioso también presentó una cierta tensión entre la presencia y la trascendencia de Dios. Por un lado, el simbolismo cósmico del templo claramente apuntaba a la trascendencia divina. En ese lugar santo, el arca podría haber señalado el salón del trono de Dios, sin embargo, el espacio de arriba seguía vacío, apuntando a la presencia de Dios en el cielo. Por otro lado, la llenura del templo con la nube de gloria significaba la presencia de Dios en el templo. Debe enfatizarse, sin embargo, que la trascendencia y la presencia de Dios no son antitéticas. Que Dios esté presente en su templo no significa que no esté presente en cualquier otro lugar.

El simbolismo edénico del templo señala una concepción del templo como el centro de la creación, y por consiguiente de toda la tierra. Este solo hecho indica que el templo estaba destinado a una significación mucho más allá de Jerusalén y de Israel. De manera que la ubicación del templo en lo alto de una montaña y en el centro de la ciudad escogida, Jerusalén, empezó a ser entendida en términos del templo como el centro del universo. Desde ese centro, las bendiciones fluirían al mundo entero y las naciones se dirigirían al templo. Esta imaginería es desarrollada extensamente en los profetas y en los salmos.

    Resumen. El reino davídico-salomónico presenta un desarrollo significativo del tema de la herencia, particularmente con relación al reposo prometido. Aunque David logró el reposo con relación a los enemigos de Israel, ese logro no representó la consecución final del reposo prometido, como indica el hecho de que Dios podía aun prometer a David un descanso futuro (2S 7:11), así como un lugar donde el pueblo de Dios pudiera habitar seguro (2S 7:10). Más aún, la significación de la tierra no estaba tanto en una locación precisa o geográfica, sino que tenía que ver con un aspecto cualitativo de la tierra que es representado por el reposo. Esto nos ayuda a ver que una cierta naturaleza trascendente de la tierra es evidente aun cuando su ocupación esté en su nivel más completo.

El tema del reposo se extiende a Salomón, cuyo mismo nombre lo define como el “hombre del reposo”. Debido a esto, él fue elegido para construir el templo como lugar de reposo de Dios. Más aún, el acceso de Salomón al trono establece la dinastía davídica. Pero el hecho de que esta dinastía esté vinculada con el reino mismo de Dios (1C 17:14) muestra la conexión inextricable entre el reino davídico y los propósitos eternos de Dios. Adicionalmente, el templo en el centro del reino de Salomón tiene implicaciones cósmicas que apuntan hacia atrás al Edén y hacia adelante a un futuro glorioso que surgirá en conexión con Sion.

Claramente David, el pacto davídico, Salomón y el templo representan cumplimiento de numerosos aspectos de los pactos abrahámico y sinaítico. Sin embargo, es evidente que la dinastía de David y el templo también apuntan más allá de ellos mismos, como hemos visto.

La herencia en los salmos y en la literatura profética

El tema de la herencia influye significativamente tanto en los salmos como en muchos de los escritos proféticos. No es posible rastrear este tema en forma extensa aquí, así que miraremos algo llamado la teología de Sion, que viene principalmente de Isaías. Miraremos también algunos pasajes de Isaías. Luego, concluiremos con una mirada al Salmo 2.

    El tema de la herencia y la teología de Sion. Es claro que muchos temas importantes tales como la dinastía davídica y el templo están firmemente unidos a las promesas abrahámicas de la tierra, los descendientes y la presencia de Dios, ampliando así en gran manera el tema de la herencia. Repasamos ahora brevemente los propósitos originales de Dios detrás de las promesas a Abraham. En primer lugar había una promesa de descendientes que como hemos visto se convierten en la nación que Dios liberó de Egipto. Luego estaba la promesa de la tierra y, finalmente, la promesa de una relación de pacto con Dios. Cuando analizamos pues la tierra para el tiempo del templo, podemos observar que todas las promesas a Abraham se alinean con el templo, el Monte Sion y la ciudad de David. También vemos que fue a través del rey davídico que las bendiciones originalmente prometidas a Abraham (Gn 12:1-3) se cumplieron y se ampliaron. Pero, como he indicado varias veces, aunque podemos ver los tres énfasis originales de las promesas a Abraham en el tiempo del templo, también podemos ver que el desarrollo de las promesas se amplió mucho más allá de lo que se mostraba en el tiempo de Abraham. Esto es importante porque vemos que los propósitos de Dios—tener un pueblo que le adore en su lugar santo—se expresaron en forma embrionaria a Abraham, pero estas mismas promesas se vieron muy diferente cuando se rearticularon a David. A continuación nos damos cuenta que estos mismos propósitos se empezaron a ver muy diferentes en los profetas y en los salmos. Exploramos esto observando la convergencia entre la tierra, Jerusalén, Sion, el templo, y la dinastía davídica que forman las bases de la llamada teología de Sion. El lugar principal donde se desarrolla esta teología es en las profecías de Isaías.

Las características principales de la teología de Sion pueden describirse de la siguiente manera. Primero, Dios es el gran rey. El reinado de Dios ya era evidente en la canción de Moisés en Éx 15:18 que muestra a Dios guiando victoriosamente a su “ejército santo” a la tierra prometida (Nm 10:33-36). Algo esencial para la teología de Sion, no obstante, es el establecimiento de Dios como el gran rey, no solo sobre Israel sino sobre toda la tierra. El reinado de Dios se muestra también en el establecimiento de la dinastía davídica, a través de la cual él establecerá su reino sobre las naciones, lo cual veremos en el Salmo 2. Sin embargo, el reinado de Dios se distingue claramente del linaje de David.

Segundo, Sion es el lugar elegido de Dios para habitar. Además, Sion funciona comprehensivamente para incluir a Jerusalén, al templo, al monte santo de Dios y aun a la tierra misma. De hecho, estas designaciones son frecuentemente intercambiables. La presencia de Dios en Sion la establece como el centro del universo. Asimismo, las descripciones trascendentes de Sion sugieren también componentes celestiales. Esta co-relación cercana entre el lugar de la morada de Dios en Sion y el cielo se refleja en el salmo 20, donde Dios habla desde Sion en el versículo 2 y desde el cielo en versículo 6.

Tercero, Sion está ubicada en un monte alto y es de dimensiones cósmicas. Como centro cósmico, Sion representa el punto de contacto entre el cielo y la tierra. Así, la realidad topográfica del Monte Sion que, dicho sea de paso no es físicamente el monte más alto en Jerusalén, se transforma en el monte más alto del mundo entero. Sion ahora se convierte en el lugar que Dios ha escogido para su morada.

Cuarto, Sion es seguro—la victoria de Dios sobre el caos y sobre reyes enemigos resulta en reposo, paz y prosperidad. La inviolabilidad de Sion, sin embargo, descansa solo en la presencia de Dios allí. Se deduce que si Sion simboliza seguridad para aquellos que confían en Dios, también simboliza juicio para aquellos que rechazan su gobierno.

Finalmente, Sion es el lugar donde las bendiciones de la presencia de Dios son experimentadas; así, las naciones vienen a ella. Adicionalmente, las bendiciones de Dios fluyen desde Sion, incluyendo la ley, como se ve en Isaías 2 y Miqueas 4; reposo de los enemigos, como se encuentra en el salmo 46 y adoración en su presencia, como registra el salmo 122. El reposo que resulta de la inviolabilidad de Sion es tanto para la ciudad como para los individuos. Sal 125:1 así lo sugiere: “Los que confían en el Señor son como el monte Sion, que es inconmovible, que permanece para siempre.” Finalmente, la adoración en la presencia de Dios en Sion es un punto focal de las “canciones de ascenso” (Salmos 120-134).

    El tema de la herencia en Isaías. La importancia de Isaías para el tema de la herencia y el tema relacionado de la teología de Sion, no puede sobrestimarse. Primero aparecen algunos comentarios breves acerca de Isaías 2 y 11 y luego un examen de Isaías 54, 56-57 y 65-66.

    Isaías 2 y 11. Isaías 1 describe el pecado horrible de Judá y el juicio inminente, mientras que Isaías 2 presenta la restauración gloriosa de Sion. La ubicación de Sion en “el templo del monte de Dios” (2:2) junto a la referencia a “los últimos días” identifican el contexto escatológico de esta visión. La exaltación de Sion sobre los otros montes sugiere la autoridad y la supremacía de Dios sobre todos los otros dioses. Más aún, Sion se extiende más allá de Jerusalén para convertirse en un “monte-mundial”. Mientras que durante la monarquía, las naciones traían tributo a Israel (1R 4:20-25), aquí las naciones van a Sion a recibir sus bendiciones. Esta imagen revela que la restauración de Sion no se limitaría al regreso de los exiliados, ni las bendiciones de Sion se limitarían a Israel. Adicionalmente, la justicia de Dios (2:3) y los juicios perfectos producen la paz verdadera que transforma instrumentos de guerra en herramientas de cultivo (2:4). La imaginería aquí sugiere que el Sion escatológico representa un Edén restaurado.

Las naciones han escuchado acerca de las bendiciones de Dios en Sion y anhelan experimentarlas, sugiriendo así el cumplimiento de las bendiciones para todo el mundo en Gn 12:1-3 y el testimonio de un “reino de sacerdotes” y una “nación santa” en Éx 19:3-8. Con la mención de la llegada de las naciones a la “raíz de Isaí”, Isaías 11:10 hace eco de la imagen de las naciones acudiendo a Sion de Isaías 2. Su gobierno produce una transformación edénica de Sion, caracterizada por una seguridad perfecta del monte santo del Señor (v. 9). Los paralelos entre el retoño en Isaías 4 y 11, y entre el monte santo en Isaías 2 y 11, revelan que la transformación cósmica de Sion es posible solo a través del retoño mesiánico.

    Isaías 54:1-17. Isaías 54 comienza con el anuncio reconfortante de que la Sion estéril tendrá hijos. El remanente exiliado, cuyo “nacimiento” parecía imposible, se contrasta con el impenitente en la tierra, cuya proliferación es exigua. La mujer estéril también evoca a Sara y a la exhortación al remanente fiel a mirar a su padre, Abraham, y a su madre, Sara, en Isaías 51. Así como el Señor bendijo y multiplicó a Abraham y a Sara (51:2), también él confortará a Sion y transformará su desierto en “el jardín del Señor” (51:3). Aunque el exilio amenazó seriamente las promesas abrahámicas, el remanente es motivado a fortalecer su confianza a partir de la fidelidad de Dios a sus promesas. Hay numerosas alusiones a Sara en Isaías 54. Por ejemplo, el mandato de ensanchar el “lugar de la tienda” en Isaías 54:2 se refiere al número extraordinario de exiliados retornando a Sion, con sus fronteras ampliamente expandidas. La imagen de la tienda puede aludir a Génesis 18 que registra la confirmación hecha por los “visitantes” de Abraham de que Sara, quien está en la tienda, tendría un hijo. Estas imágenes enfatizan el gran número que habitará el lugar santo, Sion, y sugieren el cumplimiento de las promesas abrahámicas.

Las referencias a la fidelidad de Dios con relación al pacto fundamentan la restauración de Sion en Is 54:11-17. La intención de Dios de plenitud y de bondad en su creación se manifiesta como una ciudad segura que no teme a ningún enemigo y reposa segura en él. La seguridad de Sion es entendida como la verdadera herencia de los siervos del Señor en 54:17. La mención de los siervos, en ese mismo versículo, se une al tema de la herencia para la presentación del siervo en Isaías y muestra que la herencia de los siervos solo es posible a través del siervo.

Isaías 56:1-57:13. En Is 56:1-8, la guarda del sábado asegura a los que habían sido excluidos de la comunidad del pacto, tales como eunucos y extranjeros (ej. Dt 23:1-8), que ellos son ahora parte de la comunidad (vv. 4, 6). La inclusión de los eunucos no tiene precedentes. Tal vez es aun más sorprendente que Is 56:7 prometa que el Señor mismo traerá a aquellos que guarden el sábado—aun eunucos y extranjeros—a su monte santo. De esta forma, el monte santo se extiende más allá de lo que hasta este punto había sido cierto del templo. Además, Isaías 56 expande las implicaciones globales de la oración de dedicación del templo y muestra que la casa restaurada de Dios será para todas las naciones, para todos los que demuestren lealtad a su pacto. Is 56:1-8 finaliza con la promesa de que el Señor también reunirá a otros, además de los exiliados de Israel; sugiriendo así la inclusión de los gentiles en el pueblo de Dios. Este movimiento de lo particular (o nacional) a lo universal trae a la memoria la imagen de las  naciones acudiendo al monte santo de Dios en Isaías 2 y sugiere cumplimiento de la promesa abrahámica de bendición universal (Gn 12:3).

Las promesas de Is 56:1-8 se contrastan de manera pronunciada con las fuertes reprensiones contra los pastores negligentes de Israel en Is 56:9-12. Un cambio repentino, sin embargo, ocurre en Is 57:13b: “el que en mí se refugie, heredará la tierra y poseerá mi santo monte”. Es también significativo que las dos palabras hebreas asociadas con el tema de la herencia aparezcan en este versículo, recordando tanto la promesa abrahámica de la tierra, así como la posesión de la tierra descrita en Deuteronomio y Josué. Como sucede en Isaías 2 y 11, el monte santo de Dios en Is 57:13b está relacionado con la esperanza escatológica de la erradicación del mal.

Isaías 65-66. Muchos de los temas y asuntos que se tratan en Isaías 1-2 se vuelven a mencionar y se responden en Is 65-66. Por ejemplo, Is 65:9 recuerda a Is 56:7 e Is 57:13, con la promesa de que los siervos del Señor heredarán su santo monte. Así como la herencia de los siervos en Isaías 57 recurre al lenguaje e imágenes de las promesas a Abraham, así también Isaías 65 alude a estas promesas, describiendo a los siervos como retoños de Jacob. El sábado también recuerda la promesa de Deuteronomio de habitar la tierra (ej. Dt 12:9-10). De manera que Is 65:9 asocia a los que poseerán el monte de Dios con los descendientes prometidos a Abraham y la posesión de Canaán bajo Josué por parte de esos descendientes.

El lenguaje enaltecido de cielos nuevos y tierra nueva (Is 65:17-25) revela una extensión significativa de la herencia prometida, las bendiciones que son descritas en términos de seguridad, longevidad y prosperidad de los hijos y las labores de uno, sin temor. Las cosas anteriores probablemente indican las vicisitudes y tragedias de la vida bajo maldición, que son reversadas en el nuevo orden.

La culminación de la paz escatológica es vista en la promesa de que ninguna parte de la creación de Dios será dañada en su monte santo (v. 25). El hecho de que la expresión exacta ocurra en Isaías 11:9 ofrece una relación importante entre ese pasaje e Isaías 65 e indica que esa herencia está ligada al retoño prometido. Además, la representación ideal de la tierra restaurada en el monte santo apunta a la abolición de la maldición de Génesis 3 y, por lo tanto, una restauración cósmica del Edén.

Aunque el templo no se menciona directamente en Is 65:8-25, las referencias al monte santo de Dios (vv. 9, 25) y a Jerusalén (v. 18) implican una convergencia del templo, Jerusalén y la tierra en la nueva creación. Esta convergencia se expande en Is 66:1-2 con la declaración de que el cielo es el trono de Dios y la tierra el estrado de sus pies. Esta distinción espacial trae a la mente la tensión entre la trascendencia y la presencia de Dios—una tensión que solo se resuelve con la revelación de que la nueva creación en su totalidad es el templo de Dios o su dominio santo (Isaías 66), entendido también como su lugar de reposo.

Isaías 66:18-24 teje varios hilos presentes a través de Isaías, tales como el encuentro de las naciones y del remanente en el monte santo, la casa de Dios (vv.18-20). Así como en Isaías 2, la afluencia de las naciones a Sion sugiere cumplimiento de Gn 12:3. La imagen del remanente avanzando como testigos de la gloria de Dios trae a la mente la nación santa y el reino de sacerdotes presentados en Éx 19:5-6. El remanente está seguro de que su descendencia y su nombre perdurarán en los cielos nuevos y en la tierra nueva (v.23), recordando también las promesas abrahámicas. La imagen sorprendente de los gentiles como levitas y sacerdotes evoca la imagen del Señor atrayendo a extranjeros y a eunucos a su monte santo en Is 56:3-8.

Resumen. El tema de la herencia en Isaías apunta hacia atrás a las promesas patriarcales y también hacia adelante a una restauración futura de la herencia y de los herederos. Claramente, la herencia restaurada se extiende más allá de la reposesión de la tierra en el periodo posexílico. Así se deduce de la presentación de Sion, en Isaías 2, como el monte cósmico de Dios al que las naciones acuden y desde donde fluye el conocimiento de él. Isaías 11 une a esta imagen la promesa del retoño mesiánico para desarrollar la imagen escatológica del Edén restaurado en el que el mal ya ha sido erradicado. La relación entre la Sion restaurada y las promesas abrahámicas se aclaran en Isaías 51-55. Al igual que con el monte santo en Isaías 2, Isaías 54 señala una expansión mundial de las bondades de la Sion restaurada. En Isaías 56-57, los herederos de la herencia prometida se expanden para incluir a quienes guardan el Sábado, sin prestar atención a exclusiones étnicas o sociales. De manera significativa, los herederos son descritos como siervos del Señor.

En Isaías 65-66, el monte santo y la Sion restaurada se revelan como cielos nuevos y tierra nueva que constituyen el verdadero templo de Dios. Al monte santo, las naciones llevan sus riquezas y desde allí, los siervos del Señor se despliegan para dar testimonio de su gloria. Tal vez la contribución más significativa de Isaías al tema de la herencia es la comprensión extendida de la herencia prometida como el monte santo de Dios, Sion/Jerusalén restaurada, y cielos nuevos y tierra nueva.

    El tema de la herencia en los salmos. El tema de la herencia es extenso en los salmos. Los temas claves de Sion también son prevalentes a través de los salmos, tales como el monte santo (3:4; 15:1; 87:1; 99:9), Sion como el lugar escogido de Dios para su morada (9:11; 76:2; 78:68; 87:1–2; 132:13–14; 135:21), y la adoración en su templo santo (5:7; 18:6; 23:6; 27:4; 61:5). Comentamos solamente el salmo 2 que es particularmente relevante para el tema de la herencia y clave para entender el tema de la herencia en Hebreos, como hemos visto.

La inviolabilidad de Sion, el monte santo de Dios (v. 6), y la soberanía de Dios sobre las naciones son evidentes en el salmo 2. En este salmo, el rey, proclamado como el hijo adoptado de Dios, se instala en Sion. La alusión a la dinastía de David es clara aunque no se mencione de manera expresa. Así, la afirmación “tú eres mi Hijo y me he convertido en tu padre” (v.7) puede entenderse como la rearticulación de la promesa a David en cuanto a la dinastía eterna en 2S 7:8-16 (1Cr 28:6). El lenguaje del salmo muestra que el rey, como hijo de Dios, tiene el derecho de heredar.

Como hijo de Dios, las naciones del mundo son una herencia natural. La idea de extender el reinado davídico a los confines de la tierra no se alinea con ningún punto en el tiempo de David y Salomón, pero es coherente con esperanzas proféticas posteriores, tal como hemos visto en Isaías 2.

El salmo 2 desarrolla significativamente el tema del heredero de la herencia prometida. Mientras que los libros históricos trazan la expansión del heredero de la promesa abrahámica desde Isaac hasta la nación de Israel, el Salmo 2 representa la cristalización del heredero en un único individuo, el rey elegido, entendido como el hijo de Dios. Este individuo se convierte en el verdadero heredero de las promesas abrahámicas. Además, el salmo amplía la extensión de la herencia; así como Dios puede dar la tierra prometida a su pueblo porque le pertenece, también puede dar el mundo entero a su hijo porque es suyo para darlo.

En el salmo 2, Dios desde su monte santo promete los confines de la tierra a su hijo ungido como su herencia. Aunque este evento hace eco de las promesas a Abraham, el alcance de esta promesa se extiende mucho más allá de la historia de Israel. Más aún, entender al heredero como el hijo de Dios, el rey, enfoca las promesas en la línea davídica y confirma la intención mesiánica del salmo. No es claro cómo el salmista originalmente entendió este salmo, pero sí es evidente que los escritores del Nuevo Testamento, incluyendo el autor de Hebreos, entendieron el salmo como mesiánico que apunta tipológicamente a Jesucristo.

Resumen del tema de la herencia en el Antiguo Testamento

El Pentateuco es el fundamento esencial para entender el tema bíblico de la herencia que descansa en la promesa abrahámica de la tierra, los descendientes y una relación de pacto con Dios. Éxodo se enfoca en introducir a los herederos prometidos, los descendientes de Abraham, en la herencia prometida, la tierra. Tanto la tierra como el pueblo son herencia de Dios. Así, quienes ocupan la tierra de Dios deben vivir de acuerdo con sus leyes santas (Levítico y Deuteronomio)—la obediencia (o desobediencia) está vinculada de manera inextricable con las bendiciones (o maldiciones) en la tierra. Finalmente, el cumplimiento parcial de la promesa de la tierra en Josué deja abierta la posibilidad de un cumplimiento posterior (escatológico).

De la articulación inicial de la promesa fluyen numerosos temas interrelacionados como el pacto y el juramento divino (Génesis 15-22). Estos temas a su vez proveen la base para el éxodo y el pacto sinaítico. El Sinaí revela la naturaleza de la adoración en la presencia santa de Dios; el tabernáculo muestra cómo esa presencia de Dios acompañaría al pueblo a la tierra. El Sábado le recuerda al pueblo su pacto con Dios y alude al reposo final al que apunta la promesa de la tierra prometida. El monte santo, el tabernáculo, y el Sábado no solo apuntan hacia atrás al Edén, sino también hacia adelante a un objetivo escatológico que no fue completado con la posesión de la tierra.

El reino davídico-salomónico presenta un desarrollo significativo del tema de la herencia, particularmente en conjunción con el reposo prometido. La victoria de David sobre los enemigos de Israel y la construcción del templo de Salomón representan un cierto cumplimiento de las promesas abrahámicas, así como de los pactos del Sinaí y davídico. Sin embargo, David no logró el reposo prometido y miraba hacia adelante a una promesa futura de reposo (2S 7:11). De esta manera, la naturaleza trascendente de la tierra es evidente aun durante el reinado de David. Aunque el nombre de Salomón lo asocia con el “reposo”, el templo terminado tampoco logra un reposo eterno. La centralidad del templo en el reino de Salomón sugiere implicaciones cósmicas que señalan al Edén y son extensamente desarrolladas en conexión con Sion. Sin embargo, ni el reino davídico ni el templo de Salomón alcanzan el cumplimiento pleno de la promesa. Las implicaciones cósmicas inherentes en la dinastía y en el templo, no obstante, son desarrolladas posteriormente, de manera tipológica, en términos del Mesías y/o de los cielos nuevos y la tierra nueva.

Los salmos y la literatura profética también muestran el desarrollo del heredero prometido, como se sugiere por el enfoque en quienes poseerán el monte santo de Dios en Isaías 56-66. La inclusión de los gentiles muestra que el remanente fiel trasciende las fronteras nacionales de Israel. Al mismo tiempo que la comprensión del heredero de las promesas fue trascendiendo límites nacionales, también fue convergiendo en una sola persona entendida de manera diversa como el retoño o la raíz de Isaí (Isaías 11), el Siervo (Isaías 53), o el rey ungido de Dios (Salmo 2).

Esta expansión del tema de la herencia en el Antiguo Testamento es un trasfondo esencial para entender el tema de la herencia en Hebreos. El autor de Hebreos apropia y desarrolla la (aún incompleta) promesa del reposo escatológico y la promesa de la restauración de Sion en términos de la ciudad inconmovible de Dios.

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