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La duda cristiana

La duda cristiana

(Sermón predicado en el servicio religioso de la FUSBC, el 18 de julio de 2019)

Christopher M. Hays, PhD.

Posdoctorado, British Academy. Doctorado en Nuevo Testamento, Universidad de Oxford. Licenciado en idiomas antiguos, magíster en estudios teológicos y en exégesis bíblica, Wheaton College. Profesor titular de Nuevo Testamento en la FUSBC desde el año 2014 y Associate Fellow of the Center for Enterprise, Markets and Ethics.

Mi noche oscura

Les quiero contar de una época de mi vida en la que casi pierdo la fe. Durante mis estudios universitarios, pasé los veranos trabajando para un ministerio cristiano similar a los ministerios de campamento: con grupos de jóvenes balseábamos en ríos rápidos, hacíamos senderismo en bosques y explorábamos cuevas. A mí me encantaba el trabajo, y no solamente porque me permitía ministrar a estudiantes mientras escalábamos rocas, sino también porque la presencia de Dios siempre estaba tan palpablemente cercana en la naturaleza, en los hermanos cristianos con los que trabajaba, en la alabanza que nosotros y los estudiantes lanzábamos cada noche hacia los cielos estrellados mientras las chispas de la fogata y el canto de los grillos nos acompañaban en una armonía primordial. Aquellos veranos eran tiempos de gozo tan exquisito y Dios estaba tan cercano… hasta un verano, después del nacimiento de mi primer hijo, cuando Dios se me desapareció.

En mayo de 2005, cuando mi esposa y yo hicimos nuestro peregrinaje anual de Chicago al estado de Wisconsin para retomar el trabajo en ese ministerio, yo era una persona bien distinta con respecto a la que había concluido la temporada de ministerio nueve meses antes. En el transcurso del año anterior, me acaecieron una serie de luchas familiares y fracasos profesionales, y eso –combinado con una dosis nada saludable de Nietzsche que mi teología fundamentalista no era capaz de enfrentar– me había dejado emocionalmente golpeado, lesionado. Pero el tiro de gracia me llegó cuando volví al bosque y encontré que, hasta donde yo podía percibir, Dios se había esfumado. Yo no podía sentir la presencia de Dios, ni ver a Dios, ni escuchar su voz.

En reacción, me puse a leer más y más acerca de la espiritualidad cristiana, buscando una manera de torcer el brazo divino para que me hablara. Indagué en los místicos franceses y me puse a levantarme más y más temprano cada mañana y me hundía en el corazón del bosque donde yo esperaba y oraba y escuchaba. Y Dios no dijo nada.

En la penumbra gris de sucesivas madrugadas, yo lanzaba mis oraciones volando hacia los cielos y parecía que mis súplicas rebotaban del firmamento recubierto de bronce y se desplomaban al suelo inauditas, y Dios no dijo nada.

Un día, no aguanté más, y surgió de mis entrañas un rosario de recriminaciones a grito herido hacia el Todopoderoso. Yo regañé a Dios por haberme ignorado, por haberme sometido al sufrimiento del año anterior y por haberme dado la espalda fría y el oído sordo y la lengua muda. Y bajo la catarata de mis insultos y alegatos, Dios no dijo nada.

Y me pregunté: “¿Es así como se pierde la fe?” Yo tenía miedo, porque nadie nunca me había contado sobre la bendición de la duda cristiana… la cual es el tema de mi sermón esta mañana.

El lugar de la duda en la vida de fe

Nosotros los evangélicos somos herederos de Lutero. Somos grandes fanáticos de la salvación por gracia por medio de la fe y hemos sido nutridos con una dieta consistente de la importancia de confiar en las promesas de Dios, ¿amén? Todo eso está bien. Pero a veces, la gran fortaleza de ese aspecto particular de nuestra teología significa que no apreciamos el lugar legítimo de la duda en la fe cristiana. Pero la Biblia definitivamente reconoce el rol legítimo de la duda en la biografía cristiana, el cual ignoramos en detrimento de nuestra salud espiritual.

Consideremos el libro de Job. Todos ustedes conocen la trama básica de Job, aun si es un poco borrosa su rememoración de los detalles de lo que sucede entre los capítulos 3 y 38 de aquel tomo extenso.

Job fue un hacendado poderoso, con miles de cabezas de ganado, salud física, una esposa cariñosa y 10 hijos hermosos. Y después Job vivió un mes bien malo, durante el cual una serie de desastres aniquiló todo su ganado, mató a todos sus hijos y lo dejó afligido por una enfermedad dolorosa y reducido casi a cenizas. Su esposa se amargó y ella le refunfuñó a su quebrantado esposo, “¡Maldice a Dios y muérete!”

Después, cuando parecía que las circunstancias no podrían empeorar más, llegaron sus amigos.

Hay varias evidencias en el texto de que los compañeros de Job fueron personas religiosas bien intencionadas, de modo que, cuando Job comparte sus infortunios, ellos buscaban consolarlo tal como a menudo lo hacen las personas religiosas, ensartando una serie de respuestas piadosas que habían aprendido en la escuela dominical.

Un tipo de nombre Elifaz toma la palabra primero, y es tan sinvergüenza como para sugerir que todo lo que Job está viviendo de pronto es el resultado de algún pecado oculto en su vida. “Ponte a pensar: ¿Quién que sea inocente ha perecido? ¿Cuándo se ha destruido a la gente íntegra? La experiencia me ha enseñado que los que siembran maldad cosechan desventura” (4:7-8).

Otro supuesto compinche de Job, de nombre Bildad, mete la cuchara y agrega una sugerencia aún más ofensiva: “¿Acaso Dios pervierte la justicia? ¿Acaso tuerce el derecho el Todopoderoso? Si tus hijos pecaron contra Dios, él les dio lo que su pecado merecía” (8:3-4). Justo después de la muerte de todos los hijos de Job, Elifaz y Bildad dicen, “ustedes se lo tenían bien merecido”.

Como era de esperarse, Job entra en cólera; reprende a sus amigos, buenos para nada, y después agrega que Dios también tendrá que responder por lo que le había pasado. En el capítulo 13, Job dice, “Yo quisiera hablar con el Todopoderoso; me gustaría discutir mi caso con Dios. Porque ustedes son unos incriminadores; ¡como médicos no valen nada! ¡Si tan sólo se callaran la boca! Eso, en ustedes, ¡ya sería sabiduría!” (vv. 3-5).

Elifaz se escandaliza por la impiedad de Job, se rasga las vestiduras y de manera santurrona reprende a Job, “Tú restas valor al temor a Dios y tomas a la ligera la devoción que él merece… Tu propia boca te condena” (15:4-6).

Resuelto, Job redobla su queja y dice que además de haber sido tratado injustamente por Dios, esta clase de comportamiento parece ser típico del Señor. En el capítulo 24, Job efectivamente dice, “¿Dónde está Dios en medio de toda la injusticia y el sufrimiento del mundo? De la ciudad se eleva el clamor de los moribundos; la garganta de los heridos reclama ayuda, pero Dios ni se da por enterado. En contraste, hombres malvados perjudican a los inocentes y Dios no hace nada.” En otras palabras, Job dice, “Dios tiene que responder por su inacción, ya que él parece hacerse el de la vista gorda ante la maldad del mundo”.1

Este percibido sacrilegio intensifica el conflicto entre Job y sus amigos; las cosas se ponen más y más rencorosas y Job sigue reclamando a Dios e insistiendo que él responda y se defienda, y finalmente Dios aparece y responde a Job.

El quid o el punto clave de la respuesta de Dios es este: “Hay muchas cosas en el mundo que no puedes entender ya mismo, y posiblemente nunca las entenderás, y simplemente tendrás que confiar en mí. Pero soy digno de confianza”. Ya sea por razón de haber sido intelectualmente humillado o abrumado por el poder de Dios, o porque meramente es suficiente saber que Dios de veras está ahí y no le ha estado ignorando, esta respuesta basta para Job.

Después sigue la porción más deliciosa de la historia, cuando Dios voltea y da el chancletazo a los traseros de Elifaz y los demás “amigos” de Job, diciendo,

Mi ira se encendió contra ti y tus dos compañeros; porque no habéis hablado de mí lo recto, como mi siervo Job. Ahora, pues, tomaos siete becerros y siete carneros, e id a mi siervo Job, y ofreced holocausto por vosotros, y mi siervo Job orará por vosotros; porque de cierto a él atenderé para no trataros afrentosamente, por cuanto no habéis hablado de mí con rectitud, como mi siervo Job. (Job 42:7-8).

A pesar de haber puesto en duda la justicia y la bondad de Dios, Dios dice “Job ha hablado con rectitud de mí y todos ustedes que me ‘defendían’ han provocado mi ira”. Dios reconoce la legitimidad de la duda y la furia de Job y Dios dice que él no requiere que los humanos defiendan su honor por medio de negar la realidad del mundo quebrantado en el cual moran. En términos resumidos, Job dudaba de Dios, y Dios dijo, “El man es legal”.

Job no es la única persona en la Biblia que se comporta así. Por ejemplo, el Salmo 13 arranca con la súplica de David, “¿Hasta cuándo, Señor, me seguirás olvidando? ¿Hasta cuándo esconderás de mí tu rostro? ¿Hasta cuándo he de estar angustiado y he de sufrir cada día en mi corazón?” (13:1-2).

Los Evangelios también nos dicen que Jesús mismo experimentó dudas. En el jardín, en la noche en que es traicionado, Jesús está doblado en angustia y desgarro, hasta que la frente exuda sangre. A pesar de haber dicho a lo largo de todo su ministerio público que él subía a Jerusalén para ser crucificado y asesinado y resucitar al tercer día, en esa noche le dice a Dios, “Si existe alguna forma de escapar de lo que viene, déjame escapar” (Mc 14).

En las horas que siguen, Jesús es abandonado por cada persona que había jurado quedarse a su lado. Es brutalizado, calumniado y triturado tanto física como emocionalmente. Y después le golpetean clavos romos entre el radio y el cúbito de las muñecas y es colgado desnudo en un poste elevado para que muriera sofocado ante la nación que vino a rescatar. Mientras arrastra la piel rallada de la espalda contra la madera áspera de la viga y está a punto de cruzar el umbral hacia el olvido y la nada, grita a voz en cuello, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” En aquel momento, se corre una cortina por el cielo y el sol se apaga y entonces, cuando Dios le da la espalda a Dios, Dios muere.

Sobre este evento, G. K. Chesterton escribió en su libro Ortodoxia:

En aquel tremendo relato de la pasión existe una clara sugerencia emocional que el autor de todas las cosas (de alguna forma impensable) no solamente pasó por la agonía, sino también por la duda. Escrito está, “No tentarás al Señor tu Dios”. No; pero el Señor tu Dios podía tentarse a sí mismo; y parece que esto es lo que sucedió en Getsemaní. En un jardín, Satanás tentó al hombre, y en un jardín Dios tentó a Dios. Él pasó de alguna manera sobrehumana por nuestro horror humano de pesimismo. Y el momento en el cual el mundo tembló y el sol se borró del cielo no fue en la crucifixión, sino en aquel grito desde la cruz, el grito que confesó que Dios fue abandonado por Dios. Que los revolucionarios escojan un credo de todos los credos y un Dios de todos los dioses del mundo, cuidadosamente evaluando todos los dioses de costumbre inevitable y poder inalterable. Ellos no encontrarán otro dios que personalmente se haya sublevado. No (el tema se vuelve demasiado difícil para el lenguaje humano), que los ateos escojan para sí mismo un Dios. Ellos encontrarán una sola deidad que en algún momento expresó su aislamiento; una sola religión en la cual Dios pareció, durante un instante, ser un ateo.2

A veces queremos pasar por encima de estos textos o suavizarlos de alguna forma, pero al hacer tal cosa, empobrecemos y amordazamos el testimonio de las Escrituras.

Si Job pudo censurar la bondad de Dios, si Jesús pudo sentir agonía, angustia y abandono aun mientras cumplía el propósito que él mismo en el Dios Trino había destinado para sí mismo, si sus temporadas de sufrimiento y dolor los pudieron conducir a la duda, entonces yo propongo que existe un lugar legítimo para la duda en la vida de fe. Existe una postura cristiana, una actitud cristiana, hacia la duda. Permítanme resaltar tres componentes de esta actitud cristiana frente a la duda.

La bondad hacia el que duda

En primer lugar, reconocer que la Biblia permite la duda, y no barrer la duda y echarla a la basura como si fuera herejía o vicio, nos debe mover a ser bondadosos hacia los que dudan.

A menudo escuchamos que alguien está luchando en su fe, y procuramos apurarle a acabar con su incredulidad o intentamos disuadirle de ella, ya que su duda nos incomoda, tal vez revelándonos las preguntas para las cuales aún no tenemos respuestas. Sin embargo, parte de la manera como amamos a nuestros hermanos y hermanas que están en crisis es dejándolos dudar, aun si nos da susto, aun si nos recuerda nuestras propias dudas.

Cuando yo viví mi propia crisis de fe, despotricando contra Dios en el bosque de Wisconsin, no quería compartir mi lucha con otras personas, ya que no aguantaba la idea de escuchar el cliché trillado, “Dios está en control”, ni era capaz de soportar ninguna amonestación sentenciosa condescendiente, moralizante e inoportuna diciendo que simplemente me faltaba fe.

Pero tuve la buena fortuna de encontrar a un pastor en quien yo podía confiar, y él me dijo, “Estas emociones que tú sientes, son legítimas. Si esto es lo que tienes que decirle a Dios ahora, dale pues. Dios puede aguantar que te sientas así, y eso no va a cambiar cómo Dios se siente acerca de ti.” Necesité aquel permiso para procesar lo que experimentaba antes de poder llegar a la conclusión que Dios seguía siendo bueno. Además, tal como es vital ser compasivo con los demás que están en medio de crisis de fe, así nos toca ser misericordiosos con nosotros mismos en tales situaciones.

Había un famoso poeta cristiano, Gerard Manley Hopkins, especialmente conocido por sus sonetos hermosos sobre la naturaleza. A pesar de lo famoso que es, pocas personas saben que este sacerdote jesuita sufrió una depresión profunda durante los últimos años de su vida antes de fallecer a la edad de 44 años. En uno de sus sonetos finales, Hopkins se exhorta a ser bondadoso consigo mismo.

My own heart let me more have pity on; let

Me live to my sad self hereafter kind,

Charitable; not live this tormented mind

With this tormented mind tormenting yet.3

Déjame compadecerme más de mi propio corazón.

De aquí en adelante, déjame vivir mi triste vida compasivo,

comprensivo, en vez de vivir con esta atormentada mente

aún a esta atormentada mente atormentando.

Cuando aprendemos que los momentos de duda no son fracasos en la vida de la fe, podemos ser más compasivos unos con otros, y con nosotros mismos.

La duda: una parada en el peregrinaje, no el destino

El segundo componente de una perspectiva cristiana frente a la duda que quiero recalcar es que, a pesar de la legitimidad real de la duda, la duda no debe ser nuestra palabra final. La duda puede ser un sitio que visitamos en el peregrinaje cristiano, pero no puede ser el destino.

Job expresa dudas reales, pero también persiste en la lucha, insiste con Dios, sigue exigiendo que Dios venga y rinda cuentas. Y al final, Dios sí lo hace.

Así también con Jesús en la cruz y en el jardín: vemos angustia y duda, pero la angustia y la duda son mezcladas con la resolución y la resiliencia.

El Evangelio de Marcos nos manifiesta la fe de Jesús en medio de su sufrimiento entrelazando, a lo largo de la narración, una serie de alusiones al Salmo 22, un salmo que David escribió cuando, bajo la aflicción infligida por sus enemigos, él se sentía desamparado y olvidado por Dios. Cuando el Jesús crucificado clama, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, él está citando el Salmo 22:1. Y el darse cuenta de que Jesús cita el Salmo 22 en la cruz nos manda a pasar de nuevo por todos los eventos de la pasión, de manera que nos percatemos que Marcos ha descrito todo el relato de la crucifixión usando imágenes derivadas del Salmo 22.

¿Repartir y echar suertes para jugarse las prendas de Jesús? Está en el Salmo 22:24.

¿Estar rodeado por malvados, crucificado entre dos bandidos? Está en el Salmo 22:28.

¿Personas que pasan burlándose de Jesús y meneando la cabeza? Está en el Salmo 22:29-30.

La razón por la que Marcos alude repetidamente al Salmo 22 es para mostrarnos que la experiencia de Jesús de sentirse abandonado por Dios, por lo real que esta fue, no fue la totalidad de la historia. Tal como David sufrió, y se sintió abandonado, pero finalmente fue rescatado por Dios, así también el descendiente de David, el Mesías, podía sufrir y sentirse abandonado, pero de todos modos sabría que sería rescatado por Dios. Y cuando Jesús muere en la cruz, después de citar el Salmo 22, un centurión gentil levanta los ojos, y dice, “Verdaderamente este hombre era el hijo de Dios.” Con ese comentario, Marcos nos dirige al final del Salmo 22 que dice, “Se acordarán del Señor y se volverán a él todos los confines de la tierra; ante él se postrarán todas las familias de las naciones, porque del Señor es el reino; él gobierna sobre las naciones” (Sal 22:27-28). Aun mientras Jesús vive la oscuridad del Salmo 22:1, en ese mismo momento la luz del final del Salmo 22 penetra la narración, y el desamparo desata la redención.

Ahora bien, es incorrecto leer el final del Salmo 22 y entonces negar su comienzo. Es incorrecto, al saber que la crucifixión está seguida por la resurrección, hacer a un lado las profundas emociones de abandono que Jesús vivió. Pero cuando reconocemos la legitimidad de la duda y del temor, entonces podemos comenzar a pasar por ellos para llegar a una esperanza renovada. La duda y el temor son legítimos, pero debemos refrenar la desesperanza, ya que la duda y el temor no tienen la palabra final en la historia.

En otro de sus últimos sonetos, titulado Carrion Comfort (La consolación de la carroña), Gerard Manley Hopkins caracteriza la capitulación a la desesperanza como la especie de consolación que un buitre deriva de consumir la carroña, la carcasa de un animal muerto: alimentarse de la carroña es efectivamente nutrirse con la muerte. Hopkins se exhorta a resistir tal desesperación, a no rendirse a la desesperanza y clamar, “No puedo más”.

Not, I’ll not, carrion comfort, Despair, not feast on thee;

Not untwist — slack they may be — these last strands of man

In me or, most weary, cry I can no more. I can.4

No, desesperanza, consolación de la carroña, no haré un banquete de ti;

ni destrenzaré los últimos hilos de hombría en mí, por sueltos que estén;

ni gritaré, agotadísimo, No puedo más. Yo sí puedo. (Traducción del autor)

Mi propia crisis de fe marcó todo el verano de 2005 y persistió hasta el otoño cuando volví para hacer mi segunda maestría. Yo busqué consejería de parte de mi profesor, el Dr. Gene Green. Durante una temporada, él oró conmigo, fue paciente conmigo, y me dio la libertad para procesar mis pensamientos y emociones. Sin embargo, un día, cuando el frío había sacudido las hojas secas de los árboles, fui a visitar al Dr. Green en su oficina, pero al llegar yo, él ya se apresuraba para irse.

Poniéndose el abrigo y su sombrero de fieltro y cerrando la puerta de su oficina, él interrumpió mi renovada lamentación y dijo, no sin compasión, “¿Sabes algo, Chris? Algún día sencillamente tendrás que decidir qué es lo que tú crees”. Y se fue. Mientras lentamente descendí las escaleras de la facultad de teología aquella tarde, me vino a la mente el siguiente pensamiento: “Pues, qué cosa. Yo sí creo”. A continuación, salí al vigorizante aire de otoño, la brisa tirando del cuello de mi chaqueta, y el firmamento recubierto de bronce se derritió y Dios volvió.

En los meses y años que siguieron, llegué a ver que mi crisis de fe había sido, al fin de cuentas, un obsequio. Lo cual me lleva a mi último punto: los obsequios de la duda.

Los obsequios de la duda

Como resultado de aquella crisis espiritual, mi fe se fortaleció. Por razón de nunca haber previamente experimentado la duda profunda, mi fe había sido débil y quebradiza, pero después de haber sido calentada con el fuego del temor y martillada por la duda, mi fe se galvanizó. Es por esa razón que Fyodor Dostoyevsky escribió, “No es como un niño que creo y confieso a Cristo Jesús. Mi hosana nace en la forja de la duda”.5 Una fe templada por la duda es capaz de enfrentar crisis futuras. Pero cuando empañetamos nuestras dudas con clichés reduccionistas y pacificantes, nos robamos la posibilidad de un futuro de mayor fortaleza.

Recientemente leí un libro escrito por Tomáš Halík, un sacerdote, filósofo y psicoterapeuta que fue un líder de la Iglesia clandestina en Checoslovaquia durante el régimen comunista. Halík escribe de la importancia de entender que Dios nos habla, no solamente en la resurrección, sino también en la crucifixión. Él escribió,

‘¡Jesús es la respuesta!’, es lo que leemos en los pendones de los evangélicos carismáticos. Sí, pero es la segunda respuesta. Solo el Jesús que padeció el silencio de la muerte, el cual fue la primera e inmediata respuesta a aquella desgarradora pregunta en la cruz [Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?], [solo aquel Jesús] puede convertirse en la respuesta a las preguntas de los que han tocado la oscuridad del Viernes Santo… Una fe que no padece el Viernes Santo no puede alcanzar la plenitud de la Pascua. Las crisis de fe … son una parte importante de la historia de la fe, de nuestra comunicación con Dios, quien está escondido y vuelve otra vez a los que no cesaron de esperar para que el único y eterno Verbo les hablara de nuevo.6

Varios de ustedes reconocerán que lo que yo estoy describiendo como una crisis de fe previamente fue caracterizada por el gran místico cristiano, San Juan de la Cruz, como la “noche oscura del alma”. San Juan de la Cruz usó este lenguaje para describir un periodo de su vida cuando todas las sensaciones y sentimientos que previamente acompañaban su espiritualidad de repente desaparecieron, cuando él carecía del beneficio de las emociones para confirmarle la cercanía y el amor de Dios. Lo fascinante, sin embargo, es que Juan de la Cruz describe esta temporada, esa noche oscura, como una bendición. En un poema hermoso donde él presenta esa temporada como la experiencia de una mujer que sale de su casa de noche, y busca a su amante en la oscuridad, guiada solo por la luz de sus anhelos, pasando por tinieblas con el propósito singular de encontrar a Dios.

En una noche oscura,

con ansias, en amores inflamada,

¡oh dichosa ventura!,

salí sin ser notada

estando ya mi casa sosegada.

En la noche dichosa,

en secreto, que nadie me veía,

ni yo miraba cosa,

sin otra luz y guía

sino la que en el corazón ardía.7

Juan de la Cruz describe a la mujer caminando en la oscuridad como alguien guiada por una luz ardiente en su corazón. Él usa una imagen romántica, la mujer deseando a su amante, para representar los anhelos que el cristiano, en medio de la noche oscura, aún siente por Dios, cuando todas las otras consolaciones afectivas ya se desvanecieron. La luz representa a la ciega, solitaria, dolida añorando a Dios que a fin de cuentas sí lleva al cristiano dudando a través de las tinieblas y de vuelta a Jesús.

Aquésta me guiaba

más cierto que la luz de mediodía,

adonde me esperaba

quien yo bien me sabía,

en parte donde nadie parecía.

¡Oh noche que guiaste!

¡oh noche amable más que la alborada!

¡oh noche que juntaste

Amado con amada,

amada en el Amado transformada!

¿Por qué describió San Juan de la Cruz su temporada de aislamiento espiritual de tal manera? Fue porque, después de perdurar por esta crisis de fe, él llegó a estar espiritualmente unido con y amarrado a Dios de tal manera que en comparación con esta, su espiritualidad previa fue pueril y quebradiza. La noche oscura del alma, correctamente concebida y atravesada, eventualmente se transforma de la angustia a la intimidad, de la duda a la determinación, de la fragilidad a la fortaleza, compasión y fe.

¡Oh noche que guiaste!

¡oh noche amable más que la alborada!

¡oh noche que juntaste

Amado con amada,

amada en el Amado transformada!

1 El profeta Jeremías preguntó lo mismo, diciendo, “¿Por qué prosperan los malvados? ¿Por qué viven tranquilos los traidores? Tú los plantas, y ellos echan raíces; crecen y dan fruto. Te tienen a flor de labio, pero estás lejos de su corazón” (Jer 12:1-2).

2 G.K. Chesterton, Ortodoxia, trad. de Miguel Temprano García. El Acantilado, vol. 270 (Barcelona: Acantilado, 2013), 181-182. Traducción modificada por el autor.

3 Gerard Manley Hopkins, “My Own Heart Let Me More Have Pity On”, en The Gospel in Gerard Manley Hopkins: Selections from His Poems, Letters, Journals, and Spiritual Writings, ed. Margaret R. Ellsberg (Walden, NY: Plough, 2017), 218.

4 Gerard Manley Hopkins, “Carrion Comfort”, en The Gospel in Gerard Manley Hopkins: Selections from His Poems, Letters, Journals, and Spiritual Writings, ed. Margaret R. Ellsberg (Walden, NY: Plough, 2017), 216.

5 Fyodor Dostoyevsky, House of the Dead, trad. Constance Garnett (London: MacMillan, 1915), 16. Mi traducción desde el inglés.

6 Tomáš Halík, I Want You to Be: On the God of Love, trad., Gerald Turner (Notre Dame, IN: University of Notre Dame Press, 2016), 20. Mi traducción desde el inglés.

7 San Juan de la Cruz, “Noche Oscura”, http://www.sanjuandelacruz.com/noche-oscura/, último acceso, 21 de agosto de 2019.

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